Regreso al hogar

Allí donde el alma exhala su fragancia, un océano de quietud se expande hinchiendo el infinito, disipando todo horizonte, herida abierta por donde se desborda el latido sosegado, por donde se escapa hasta constreñirnos, como flor marchita vaciada de toda humedad.

Allí donde el alma exhala su fragancia, allí radica la paz creciendo como un árbol firme y robusto.

¿Y dónde mora el alma? Hunde sus raíces en las entrañas, rezuma por los poros de la piel, se asoma a las ventanas de los ojos. Tan cerca. Aquí. Ahora.

Sin embargo nos movemos como reyes ciegos, deslumbrados, buscando nuestro reino en un horizonte cada vez más lejano, inalcanzable, extendiendo nuestras manos adelante en pos de lo ilusorio, desraizándonos del alma, que nunca deja de estar aquí… ahora.

Allí donde el alma exhala su perfume, se puede escuchar el viento cantando para ella y se puede sentir la tierra retumbando con la danza del espíritu. Este mundo… un prado de almas bailando la trova del viento, pero también un tumulto de reyes ciegos corriendo sin ninguna dirección. Cierra los ojos y  respira, unge tu cuerpo extraviado con el aceite del alma, escucha la voz del aire que acaricia tu cuerpo fatigado, enfoca tu mirada desorientada en la danza de la existencia. Regresa… detente.

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Raíces profundas

Raíces profundas. Raíces que penetran hasta lo más hondo. Raíces como garras que se aferran  a la tierra. Me asombra la raigambre en la gente de aquellos países que sufren continuamente una catástrofe tras otra: huracanes, terremotos, erupciones, tsunamis. Personas que han de levantar sus casas una y otra vez, que constantemente están en riesgo de perder la vida, y sin embargo permanecen atadas a sus hogares. ¡Qué fuerza la de las raíces! ¡Cómo anclan al suelo donde nacimos! ¡Qué profundas allá en la tierra!

Pero ¿por qué?

Aquí se hallan nuestros muertos enterrados, alimentando la tierra que pisamos, acompañándonos, integrados en el paisaje tan grabado en nuestras retinas. Conocemos estas montañas, estos valles, estos bosques, estos ríos, este mar que muere en las orillas trilladas.

Aquí nos sentimos en casa, conocemos a nuestros vecinos, nos movemos entre nuestras costumbres como si estuviéramos nadando en el vientre de nuestra madre. La tierra es el vientre de nuestra madre. Más allá, lo desconocido. Lo desconocido siempre nos da miedo, o al menos cierto reparo… ¿Qué hay tras ese muro, qué nos espera en lo profundo del bosque? Prefiero tener que levantar mi casa de nuevo un año tras otro que internarme en el bosque…

Aquí construimos nuestros hogares… y nuestras vidas, día a día, brotando, de todo lo largo de nuestro cuerpo, numerosos cordones umbilicales que nos anclan a este paisaje. Vínculos, vínculos, vínculos, sellamos vínculos un paso tras otro en este camino largo que es nuestra vida. Apegos…

Marchar es construir de nuevo, caminar sin un suelo firme, desnudos, desvalidos, sin redes, habiendo cortado todos los cordones. Marchar es dejar atrás. Marchar es abandonar todo lo que nos nutre, lo que nos sostiene, todo lo que nos hace avanzar. Marchar es arrancar las raíces de cuajo, pero no. Las raíces son demasiado profundas, son garras que se aferran a la tierra. Las raíces nos impiden marchar.

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Dentro

Miro a través de la ventana. El viento agita las ramas de los árboles, un pájaro atraviesa el horizonte, rompiendo las escamas del frío que se estrellan contra los cristales de la ventana. Todo danza en silencio. La lluvia derrama golpes arrítmicos sobre los tejados, y aún así… silencio. Yo estoy dentro, al otro lado, donde las llamas agitan sus brazos sin viento alguno.

Miramos a través de la ventana. Nos arropamos, reímos, contamos cuentos, bailamos, amamos, ajenos a la lluvia, al frío, a la soledad, al viento que nos empuja hacia dentro. Uno a otro nos pasamos la llama que brota en nuestras manos, en nuestras risas, en nuestra mirada, en los abrazos espontáneos y larguísimos.

Un sol nos habita dentro, nos anima, nos hace continuar la danza de la vida. El agua corre por los regatos de nuestro cuerpo, vivificándolo. La tierra nos arraiga, une el entramado. El frío aletarga nuestra piel, pero despierta nuestro espíritu… aire. Estamos en la estación del calor hacia dentro.

ESTACIONES DEL ALMA. Invierno

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