El abrazo del bosque

Al entrar en el bosque se hace el silencio en mi alma y entonces puedo escuchar su voz poblada de voces. Al entrar en el bosque me siento como en casa, en una habitación propia al fondo de mi ser, y me arrebujo en esta suave intimidad sin muros en donde puedo respirar, donde puedo ser hacia dentro.

Y miro alrededor. Callo. Reverencio. Amo los árboles porque son completos. Se alimentan de la luz del sol y de la oscuridad y humedad de la tierra. Una y otras les hacen crecer.

Cerca de la tierra, los ansío, tan fuertes, antiguos, firmes, con su centro invulnerable. Cerca de los cielos, los anhelo, tan delicados, tiernos, flexibles, receptivos…

El bosque me cobija, el bosque me abraza, quisiera ser árbol y arraigar en él.

ESTACIONES DEL ALMA

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Regreso al hogar

Allí donde el alma exhala su fragancia, un océano de quietud se expande hinchiendo el infinito, disipando todo horizonte, herida abierta por donde se desborda el latido sosegado, por donde se escapa hasta constreñirnos, como flor marchita vaciada de toda humedad.

Allí donde el alma exhala su fragancia, allí radica la paz creciendo como un árbol firme y robusto.

¿Y dónde mora el alma? Hunde sus raíces en las entrañas, rezuma por los poros de la piel, se asoma a las ventanas de los ojos. Tan cerca. Aquí. Ahora.

Sin embargo nos movemos como reyes ciegos, deslumbrados, buscando nuestro reino en un horizonte cada vez más lejano, inalcanzable, extendiendo nuestras manos adelante en pos de lo ilusorio, desraizándonos del alma, que nunca deja de estar aquí… ahora.

Allí donde el alma exhala su perfume, se puede escuchar el viento cantando para ella y se puede sentir la tierra retumbando con la danza del espíritu. Este mundo… un prado de almas bailando la trova del viento, pero también un tumulto de reyes ciegos corriendo sin ninguna dirección. Cierra los ojos y  respira, unge tu cuerpo extraviado con el aceite del alma, escucha la voz del aire que acaricia tu cuerpo fatigado, enfoca tu mirada desorientada en la danza de la existencia. Regresa… detente.

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Olores

El olor de mi madre,
de su piel y su humedad
impregnando la ropa
y mis células.

Olores de mi infancia…
El olor de la casa de mis abuelos,
el viaje en ascensor
aspirando el aroma a pasteles y galletas
que se filtraba por todo el edificio.
Subir al cielo.

El olor de la carne cruda,
la carnicería del mercado,
mi niña animal, lobezno extasiado
con la sangre y la verdad.

El olor a Oil of Ulay,
la crema que extendía mi abuela María
sobre su rostro bueno.

El olor a romero y a tomillo
de los paseos por el monte con mi abuela,
ella buscando escoba y moras,
para limpiar nuestras tristezas
y alimentar nuestra alma.

El olor a colonia de lavanda
borrando en todo mi cuerpo
toda huella de dolor y miedo.

El olor a pueblo,
en Cantagallo,
olor a libertad y a chiquilladas.

El olor a madera
en la casa de mis abuelos
y el olor a pegamento
en el taller de zapatos de mi abuelo.
Asombro y respeto.

El olor de la leche recién ordeñada,
leche tibia en un gran tazón,
nata en la superficie,
amanecer en el pueblo.
Unión.

El olor de las castañas asadas
cuando paseaba con mi padre
por la Gran Vía en invierno,
frío en la nariz y en los dedos,
contento.

El olor de la campurrianas,
galletas que nunca probé en mi infancia
y que ahora quiero tomar
porque son de mi infancia.

Olores presentes
olores de un presente que nunca empezó ni termina.

HUESOS

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Girasoles

Recojo la luz del sol y luego me inclino hacia la tierra. Tomo lo que necesito y luego me aparto. Y en el verano tardío ya voy muriendo, pero quedan mis frutos que comparto con todos.

ESTACIONES DEL ALMA

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Mabon, celebración del Equinoccio de Otoño

Con el Equinoccio de Otoño llega el momento de celebrar la cosecha, este tiempo de prosperidad y abundancia. Es momento de celebrarlo con un gran banquete y de agradecer a la tierra su generosidad. Los frutos que cosechamos son el obsequio que hace la madre tierra antes de partir hacia lo profundo, antes de retirar su energía y concentrarla en las raíces.

En otoño, la tierra esparce los ocres y los rojos, colores que nos anuncian la luz que se apaga. En otoño caen las hojas, la tierra se desprende de lo superfluo. Nosotros hemos de hacer lo mismo: deshacernos de la carga acumulada de trastos inútiles, de apegos malsanos, de emociones debilitantes, de obsesiones agotadoras, de hábitos destructivos. Desnudar nuestras almas.

Para recoger las semillas hay que apartar la cobertura, para llenarse de nuevo hay que vaciarse, para encontrar a Dios hay que despejar la mirada, para alcanzar lo esencial hay que recoger el grano, molerlo y tamizarlo hasta obtener la harina. Esta es nuestra tarea en esta estación.

En otoño celebramos la cosecha, saboreamos el fruto, pero gran parte de lo recibido lo guardamos para el siguiente periodo. Frutos que nos van a sostener durante el invierno, estación en la cual no podemos recibir nada de la tierra. Mabon nos trae el otoño, la estación en que hemos de prepararnos para la llegada del invierno.

El Equinoccio es el día donde luz y oscuridad, fuera y dentro, se hallan en equilibrio. A partir de ahora comienzan a extenderse las sombras. La luz se retira, la energía se retira, la vida se retira, empezamos a acercarnos a la muerte, con quien conviviremos durante el invierno. Es el momento de avanzar hacia ella con decisión y de meditar en el ciclo de la existencia: Infinito, Vida, Muerte, Vuelta a empezar, Infinito, Vida, Muerte, Vuelta a empezar, Kirtan kriya. Es el momento de sentir el correr de la sangre, de zambullirnos en el río de la vida y sentir la corriente que nos lleva, sentirlo en la piel, sentirlo adentro. La corriente que no cesa, que avanza y traza un círculo infinito. Es momento de meditar en esto para infundir coraje a nuestros egos aterrados, para devolverlos a su tamaño natural y funcional. Es momento de prepararse. Es necesario prepararse.

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Declaración de intenciones

No quiero ser la marioneta de un ventrílocuo, por mucho que me hubiera gustado haber escrito El principito, Kew Gardens, La sonrisa etrusca, Viajes que despertaron mis cinco sentidos, El barón rampante, Elegía a Ramón Sijé o Canto a mí mismo. Quiero expresar mi propia voz.

No quiero recorrer el camino de nadie; quiero, habiendo transitado todas las veredas, perderme en las encrucijadas hasta encontrarme en el centro del laberinto que es mi alma.

No quiero repetir esas imágenes y metáforas empleadas hasta la saciedad, piedras preciosas que brillan con luz propia; quiero sin embargo hacer acopio y mostrar las piedrecitas que se meten en mis zapatos y se adhieren a mis pies.

No quiero instalarme en la casa de nadie. Quiero salir a cartografiar los lugares comunes y a explorar territorios ignotos, por remotos o por encubiertos. Quiero ser reflejo del mundo y del alma, no de un papel escrito.

No quiero cubrirme con la pegajosa falsedad, construir un personaje atractivo a la mirada de los demás; quiero descubrir mi verdad… MI VERDAD.

No quiero hacer saltar los resortes de emociones fáciles… quiero conmover los cimientos, acompañar, hermanarme con quien escucha mi voz… mis palabras, olas que acarician la isla, brazos abiertos anhelando dar el gran abrazo: Sí, a mí me ocurre lo mismo, yo también siento lo mismo, estamos hechos de la misma carne, polvo al fin.

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Las tormentas de verano

Llueve. Llueve como todos los veranos cuando llegan a su fin. La lluvia arrecia hasta acabar con los resquicios. El azote del agua es una mano que desnuda, que arrastra la mugre para hacernos más ligeras. Así es el verano. Así son las tormentas del verano.

El tiempo se detiene… no, el tiempo nunca se detiene, somos nosotros los que paramos en seco, peonzas que dejan de girar y terminan su marcha sobresaltadas. Los ritmos cambian. Nos apeamos del tren y de pronto se abre ante nosotras el bosque sombrío y salvaje, la sierra encrespada, dechado de resistencia, desmoronándose en el abismo. Dar un paso es adentrarse. Dar un paso es saltar.

En verano me disuelvo entre las lágrimas que el tiempo y la ignorancia enquistó en mi núcleo, flor abierta y nido de carne muerta a un tiempo. En verano se deslía la herida, cae la costra, pudiendo, tras la tormenta que nos habla con violencia, sentir el alivio de un corazón tierno. Apago mi sed, me refresco. El agua, la humedad de mis lágrimas, siempre es bálsamo. El verano es aliviadero.

Retomo el camino más ligera. Las sombras me acompañan, pero la luz es menos afilada, las sombras pierden su rotundidad.

¡Qué necesario el verano! ¡Qué necesarias las tormentas del verano!

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Huidas y encuentros

El sol brilla en cada palmo de tierra encaneciendo las hojas de los árboles. Un polvo viejo y reseco duerme suspendido en los rincones del aire. Se hace difícil respirar. El calor es una pasta pegajosa que aplasta nuestras cabezas. Todo pesa. Pesan los brazos, pesa la espalda, pesan los párpados, pesan las piernas. Los pies arden…

Añoro las noches frescas y estrelladas. Quiero moverme hacia el norte, siempre al norte, en busca de ligereza. Aligerar la sangre espesa. Despertar.

Las vacas pacen con extrema parsimonia. En las tardes de verano todo se ralentiza. Por eso siempre me sorprenden las mariposas tan risueñas, que revolotean ejecutando sus danzas alegres entre las luces y las sombras.

Las moscas me zumban en la cara. Tengo la boca seca. Tengo la piel húmeda. Entro al bosque en busca de la sombra fresca, del arroyo. Busco cobijo.

El verano es la estación de la huida. Huimos del calor, del peso, del sopor. Pero también es la estación del encuentro. El encuentro con la sombra, con el agua, con la brisa, con las horas tempranas, con la tormenta. Encuentros.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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El tiempo recuperado

Tiempo para amar, tiempo para jugar, tiempo para descansar… Tiempo sin horas, tiempo preñado de risas y respiraciones, tiempo sin ocaso… Tiempo caricia lenta, tiempo parpadeo de Shiva, tiempo sin tiempo…

El vuelo de la golondrina, la mies recién cortada, la excitación de los grillos…
Las montañas, el mar, el río, el árbol, la madre naturaleza…
El aire fresco de las montañas, el aire salino del mar, el agua helada del río…
La sombra del árbol, las voces del bosque, el murmullo del arroyo…
El sol, el cielo estrellado, las Perseidas…
El cencerro de las vacas, el lavadero solitario, las espadañas…
La fuente, la ermita, las casas perdidas…
Los caminos rurales, los muretes de piedra, el sabor de las moras…
Las risas de los que amo, la plenitud. Es verano.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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Mirada

¿Qué hay detrás de tu mirada? Zambullirme en la oscuridad para encontrarme con la luz.

INSTANTÁNEAS

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