Girasoles

Recojo la luz del sol y luego me inclino hacia la tierra. Tomo lo que necesito y luego me aparto. Y en el verano tardío ya voy muriendo, pero quedan mis frutos que comparto con todos.

ESTACIONES DEL ALMA

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Las tormentas de verano

Llueve. Llueve como todos los veranos cuando llegan a su fin. La lluvia arrecia hasta acabar con los resquicios. El azote del agua es una mano que desnuda, que arrastra la mugre para hacernos más ligeras. Así es el verano. Así son las tormentas del verano.

El tiempo se detiene… no, el tiempo nunca se detiene, somos nosotros los que paramos en seco, peonzas que dejan de girar y terminan su marcha sobresaltadas. Los ritmos cambian. Nos apeamos del tren y de pronto se abre ante nosotras el bosque sombrío y salvaje, la sierra encrespada, dechado de resistencia, desmoronándose en el abismo. Dar un paso es adentrarse. Dar un paso es saltar.

En verano me disuelvo entre las lágrimas que el tiempo y la ignorancia enquistó en mi núcleo, flor abierta y nido de carne muerta a un tiempo. En verano se deslía la herida, cae la costra, pudiendo, tras la tormenta que nos habla con violencia, sentir el alivio de un corazón tierno. Apago mi sed, me refresco. El agua, la humedad de mis lágrimas, siempre es bálsamo. El verano es aliviadero.

Retomo el camino más ligera. Las sombras me acompañan, pero la luz es menos afilada, las sombras pierden su rotundidad.

¡Qué necesario el verano! ¡Qué necesarias las tormentas del verano!

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Estaciones del alma. Verano

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Mar

Nos acercamos al mar, territorio del sol y del agua, luz a raudales, brisa perfumada de sal. Detrás de esas lomas está esperando con los brazos abiertos para acogernos en un gran abrazo que nos hace libres. El mar. Ya hemos llegado.

De tanto en tanto necesitamos su rítmico oleaje, la canción del mar, que nos mece. Olas que vienen, olas que van… La respiración profunda del océano. Cierro los ojos y me limito a escuchar, a estar, a ser. La brisa me acaricia el cuerpo, mis labios saben a sal, muy dentro suenan otras olas que vienen, que van… Y cuando abro los ojos de nuevo, la inmensidad ante mí, la luz del sol riéndose sobre los pliegues del agua.

En el mar se relajan mis sentidos, se aquieta mi corazón y me vuelvo más sabia. En el mar se puede respirar.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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Huidas y encuentros

El sol brilla en cada palmo de tierra encaneciendo las hojas de los árboles. Un polvo viejo y reseco duerme suspendido en los rincones del aire. Se hace difícil respirar. El calor es una pasta pegajosa que aplasta nuestras cabezas. Todo pesa. Pesan los brazos, pesa la espalda, pesan los párpados, pesan las piernas. Los pies arden…

Añoro las noches frescas y estrelladas. Quiero moverme hacia el norte, siempre al norte, en busca de ligereza. Aligerar la sangre espesa. Despertar.

Las vacas pacen con extrema parsimonia. En las tardes de verano todo se ralentiza. Por eso siempre me sorprenden las mariposas tan risueñas, que revolotean ejecutando sus danzas alegres entre las luces y las sombras.

Las moscas me zumban en la cara. Tengo la boca seca. Tengo la piel húmeda. Entro al bosque en busca de la sombra fresca, del arroyo. Busco cobijo.

El verano es la estación de la huida. Huimos del calor, del peso, del sopor. Pero también es la estación del encuentro. El encuentro con la sombra, con el agua, con la brisa, con las horas tempranas, con la tormenta. Encuentros.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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El tiempo recuperado

Tiempo para amar, tiempo para jugar, tiempo para descansar… Tiempo sin horas, tiempo preñado de risas y respiraciones, tiempo sin ocaso… Tiempo caricia lenta, tiempo parpadeo de Shiva, tiempo sin tiempo…

El vuelo de la golondrina, la mies recién cortada, la excitación de los grillos…
Las montañas, el mar, el río, el árbol, la madre naturaleza…
El aire fresco de las montañas, el aire salino del mar, el agua helada del río…
La sombra del árbol, las voces del bosque, el murmullo del arroyo…
El sol, el cielo estrellado, las Perseidas…
El cencerro de las vacas, el lavadero solitario, las espadañas…
La fuente, la ermita, las casas perdidas…
Los caminos rurales, los muretes de piedra, el sabor de las moras…
Las risas de los que amo, la plenitud. Es verano.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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Litha

Litha es fuego, y el solsticio de verano es el momento del año en el que el Sol ejerce su mayor influencia y poder.

Verano, territorio de la luz, espacios abiertos, expansión, movimiento… es hora de actuar, de gritar, de respirar profundamente y avanzar con los brazos abiertos…

Llegamos al máximo de apertura, a partir de este momento los días se acortan, la luz se debilita hasta llegar al otro extremo, el del recogimiento y las sombras. Pero todavía nos quedan muchos días de luz, de apertura, de expansión… la explosión permanece en el aire durante mucho tiempo.

Hoy el sol está fuera, el aire está fuera. Avanza. No dejes de moverte, no pares de bailar, si te detienes podrías quemarte, el sol es demasiado poderoso, azota… derrumba con su lengua de fuego. Solo ese continuo danzar nos mantiene en pie. Expándete como el Universo. Hay energía suficiente. Muévete.

Entrega… tu corazón, tu alma, tus manos… Mira a tu alrededor. Pon luz en tu conciencia. Acerca tu corazón al corazón del mundo, deja que se fundan el uno en el otro… expón tu alma… ofrece tus manos. Muévete.

Suelta una carcajada, una risotada al viento. Y con ella suelta todo lo que ya no necesitas, lo que te pesa, lo que te lacra, lo que te lacera. Entrégaselo al viento para que se lo lleve muy lejos. Y llénate de aire nuevo, de sol, de camino virgen, de cielo.

Hoy extiende tus brazos, recoge la luz que reposa en tu vientre y deja que alce el vuelo y roce las nubes.

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