Alas rotas

Aletea, aletea la libélula atrapada entre las zarzas… las zarpas… tratando de liberarse la libélula inocente… y cuanto más aletea, más se desgarran sus alas.

La libélula no se desangra… se le va escapando la vida por los rotos del alma. La libélula quebrada, despojada de su brillo, de su cordura… cae en el sueño exhausta, incapaz de enfrentar la realidad… atrapada eternamente entre las zarzas… le escuecen las alas.

Qué tenebroso, qué triste…

¡Vivir en un mundo tan lúgubre y no desmayar! ¿Qué es lo que os mantiene en pie? ¿Cómo no se desmoronan los cimientos de vuestro ser? ¿Cómo podéis sonreír, zarzas de la noche?… cada dedo una espina, la sangre alterada… hiel.

Qué mundo más oscuro. Se me agolpan las lágrimas en la garganta.

Almas rotas haciendo añicos otras almas. Alas aplastadas arrancando de cuajo otras alas. Almas huecas succionando la ternura y la inocencia… volviendo opaco el mirar…

Ven aquí, libélula herida. Te abrazo y mi amor siembra unas alas, mis lágrimas las hacen crecer, amanece en la piel irisada… Aún puede haber luz, aunque la herida sea irreparable… Un sol inextinguible mora dentro de ti, siempre estuvo ahí, libélula irisada.

HUESOS. Alma

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Dame tu mano

Me cruzo con un transeúnte. Le miro a los ojos. Me aterra, me corta la respiración, pensar lo que puede haber tras esos ojos. Otra vez el miedo.

Un día solté tu mano, arrastrada por un viento que venía de frente, impetuoso, como una bofetada, un viento que comenzó con mi ceguera, con mi blindaje, y me arrancó de tu mano. Desde entonces no te veo… y tengo miedo…

Me adentro y me encuentro con un frío glaciar de bordes afilados que cortan con violencia. ¿Cuánta violencia pueden alojar nuestros corazones de hielo? ¿Cuánta violencia es capaz de alojar dentro de sí un hombre? Los bordes, afilados como cuchillas, hieren con solo mirarlos. Una vez más da miedo.

Pico el hielo, está muy duro, tengo que usar todas mis fuerzas para quebrarlo. Al fin una grieta. Riadas de lágrimas, miríadas de gritos, como si hubiese abierto la caja de pandora con los cien vientos huracanados, se escapan por la rendija hasta hacerlo estallar. Un tsunami de dolor cae sobre mi cuerpo derribándome. Dentro un niño herido y solo. Dentro solo… herido… Niño desvalido, niño asustado.

… Dame tu mano…

Pero he de mirar más dentro, más dentro aún. Me levanto y me adentro entre los escombros del hielo, sorteando los charcos de lágrimas que han quedado, resquicios insidiosos, avanzando pese a los gritos de los vientos que aún flotan en el aire como ecos de un mundo abandonado, desierto. Me dirijo al centro, más dentro, más dentro, y al fondo del fondo encuentro un corazón tierno y una llama blanca que la lluvia no apaga. Un corazón que late, late, late a pesar del paralizante hielo… a pesar de la riada, a pesar del estruendo… sigue latiendo, sigue latiendo, sigue latiendo.

… Corazones que laten al mismo compás. Los corazones saben. Nunca estuvimos solos. Mi mano se soltó, pero nuestros corazones siguieron latiendo…

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Grito

Siempre había notas discordantes. Mi canción no era serena, no era armoniosa, siempre había notas discordantes… aún hoy… a veces hieren el centro y entonces saltan las cuerdas de mi cabeza y las notas salen atropelladas, me desbordan.

La tierra yerma me ha sepultado. Afuera la calma, el silencio, la quietud. Adentro el grito insoslayable, que rebota en los muros de mi ser y estalla en mil pedazos, chillidos insoportables de los que no puedo escapar. Un abrazo me trae el silencio.

Pero ¿y si un día el grito no cesa? Locura, soledad, abismo, muerte.
Mi locura, mi losa, mi reto, mi oportunidad… mi losa.

ESTACIONES DEL ALMA. Invierno

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Isla

Necesito arribar a la isla de sol a sol y solazarme en ella, recorrer todos sus rincones, vislumbrar sus tesoros. Necesito silencio, necesito encontrarme conmigo misma y desde ahí mirar el mar, el batir de las olas contra la roca, la espuma furiosa… el mar, que nos arrebata la vida o nos deja continuar con ella… que viene y va, que toma y da, que late y respira, que gira y gira, que nos canta su antiquísima canción… mi corazón guarda el tesoro.
Bajo a la playa, la recorro de punta a punta como una vieja costumbre, camino junto a la orilla, observando la caricia de las olas en la piel mojada de la tierra, agua y sol espejeando en la piel bruñida… sintiendo el frío en los pies, el suelo desapareciendo bajo ellos, el agua lamiendo el peso de los años… sintiéndome tan pequeña ante la inmensidad, con la certeza de que tras el horizonte hay un mundo nuevo, que un mundo nuevo es posible… llenándome los pulmones de aire fresco, el aire silenciando los gritos, haciendo brotar la alegría genuina, inundándome de luz al escuchar, una vez más, la antiquísima canción del mar…
Más tarde me alejo de la playa y penetro en el bosque oscuro, inquietante, con una miríada de árboles formando círculos, círculos de hermandad, círculos de protección, círculos para abastecernos de energía, y yo misma me hermano con ellos, un gran abrazo que fusiona corazón con corazón, que enraíza seres con seres, que trenza venas. Siento la energía del árbol penetrar en mi interior y afectar directamente mi corazón, una voz que me llega, comunicación…
Ek ong kar también es círculo, quien creó y lo creado es uno. Ek ong kar es la diosa…
Por fin descanso en el lago, espejo en calma, remanso de paz y quietud… Necesito quietud, silencio… he arribado al puerto de mi ser, a la isla, sola, y he recibido todas esas energías, me he nutrido con sus innumerables tesoros, para poder darme de nuevo en tierra de todos.

HUESOS. Alma

 

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