El canto de la tierra

El canto de la tierra me llega como un golpe de viento fresco y revitalizante, mientras paseo por esta ciudad gris y sucia, cubierta de asfalto. La tierra le ha robado unos pocos metros cuadrados y por ellos rezuma la vida, cantando y danzando, tan hermosa…

Estamos en otoño, aunque no en todos los árboles ha aflorado el fuego antes de que se derrame en la tierra y se abisme a las raíces. Pero muchos sí, y algunos ya descubren su verdad desnuda. Siempre se hace el silencio en mí cuando contemplo sus huesos.

El cielo va a desplomarse en una lluvia que arrastra las lágrimas enraizadas en la piel. Tras la lluvia, camino más liviana y siento que el pecho se afloja. También se rinde el alma. Se rinde a la vida preñada de fuerza, preñada de risas. Quiero nacer cada mañana y envejecer cada tarde… morir cada noche… y así hacerme y deshacerme, tejer y destejer y seguir caminando.

El aire es frío a estas horas de la mañana. Escucho el canto, el canto de la tierra. Algunas semillas se demoran y no se deprenden de las ramas. La tierra tiene paciencia y solo da un paso cuando tiene que darlo. La tierra no está preparada para dar cobijo a las semillas. Necesita un vientre oscuro y frío donde poder madurarlas, pero el sol, y su calor, se resisten a dejarnos. Las semillas caerán cuando tengan que hacerlo, primero hay que preparar a la tierra. Todo es perfecto… en nuestras vidas… todo a su tiempo.

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Samhain

SAMHAIN

Estoy en la tierra de mis muertos. Frío norte. Tierra de la abundancia, fértil y hermosa.
Una niebla persistente y húmeda me acompaña durante todo el viaje. Estamos en Samhain, la antigua fiesta celta que celebraba el final de la temporada de la cosecha y el comienzo del año nuevo. También un día para honrar a los muertos.

ENTRE EL EQUINOCCIO Y EL SOLSTICIO

Conforme se acerca la noche la niebla es más densa. La carne pierde solidez, los perfiles desaparecen. Poco a poco la bruma me va cercando hasta que al fin solo quedan mis manos…

Acaba octubre. Estamos a mitad de camino entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno. La luz se apaga cada vez más temprano. Entramos en el reino de las sombras. La luz se apaga y ya solo alcanzo a ver mis manos…
Miro dentro porque fuera ya no existe. Todo a nuestro alrededor ha desaparecido y solo quedan mis adentros.
Ya he cosechado los frutos del año. Ahora es momento de empezar a buscar las semillas nuevas. Tocarlas, olerlas, observarlas y luego sembrarlas para que recojan la poderosa energía de la oscura y húmeda tierra…

AVALON

Me dirijo a los acantilados e intento mirar más allá de la bruma. Unos peñascos se insinúan entre las sombras. Recuerdo las brumas de Avalon…

En estos días el velo entre los mundos es más fino. En Samhain vaciaban los nabos para colocar velas dentro y ponerlas a la entrada de las casas para que los espíritus encontraran el camino de vuelta al hogar.

Es el momento de conectar con mis muertos. Cerrar los ojos y sentir su presencia añorada, preguntar qué es lo que tienen que contarme, qué quiero contarles yo… tender las manos… recuperar las horas perdidas… reparar lo irreparable…

LUNA NEGRA

Todo el día caminando entre brumas. La niebla se ha hecho rocío en mi piel y la ha vuelto más porosa. Penetra hasta los huesos…

Este Samhain ha coincidido con la luna nueva, esa fuerza que nos lleva a encontrarnos con la parte más vulnerable de nuestro ser. Nos pone el corazón entre las manos para que no haya duda de lo que sentimos, de lo que nos duele. Nos hace sentir de otra manera…

CRISTALES

El descenso de la luz y la luna negra nos hace ver las cosas con otra perspectiva, nos predispone a la tristeza, que es otro cristal con el que ver las cosas. Habla una parte de nosotros tan verdadera como las demás, la parte más reprimida, la más olvidada.

Hay que mirar las cosas desde todas las perspectivas. Ahí reside la verdad.

Samhain y el encuentro con la verdad.

 

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Una estación de paso para quedarme

El otoño se instala suavemente, sin apenas darnos cuenta. Los primeros vientos anuncian su llegada, aparecen de puntillas, en silencio, haciendo estremecer las hojas.
Vientos que traen el otoño. Y traen la lluvia, lluvia que lava cielo y tierra, arrastrando el polvo que araña, aliviando y refrescando el aire, promesa de un mundo nuevo, sin pliegues, sin doblez. Y traen el frío, una voz que nos despierta, que nos acucia para que nos pongamos en camino, una corriente que nos vivifica. Y traen una luz que se apaga cada vez más temprano. Y traen los colores de la tierra incendiada, rojo, amarillo, marrón… Y traen los frutos y las hojas que caen. Y traen las aves que vienen de tan lejos, surcando el cielo con alas silentes. Y traen tristezas antiguas que ahora brotan y se alargan en las largas tardes de otoño. Y traen una luz que nace en lo oscuro y alumbra la nueva vida. Y traen silencio, paz, arrobamiento. Traen las miradas hacia dentro, hacia el calor que nos habita piel adentro.
Entonces, con el otoño ya instalado, entro en esa habitación que me es propia, cierro las ventanas, enciendo el fuego y miro por última vez afuera, a través de los cristales. Fuera hay lluvia, hay viento, hay frío, pero dentro estoy caliente, estoy a salvo.
El otoño, una estación de paso que deja una huella indeleble en mi corazón, se ha marchado dejando espacio al invierno. Entonces cierro los ojos.

ESTACIONES DEL ALMA. Otoño

 

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