El abrazo del bosque

Al entrar en el bosque se hace el silencio en mi alma y entonces puedo escuchar su voz poblada de voces. Al entrar en el bosque me siento como en casa, en una habitación propia al fondo de mi ser, y me arrebujo en esta suave intimidad sin muros en donde puedo respirar, donde puedo ser hacia dentro.

Y miro alrededor. Callo. Reverencio. Amo los árboles porque son completos. Se alimentan de la luz del sol y de la oscuridad y humedad de la tierra. Una y otras les hacen crecer.

Cerca de la tierra, los ansío, tan fuertes, antiguos, firmes, con su centro invulnerable. Cerca de los cielos, los anhelo, tan delicados, tiernos, flexibles, receptivos…

El bosque me cobija, el bosque me abraza, quisiera ser árbol y arraigar en él.

ESTACIONES DEL ALMA

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Girasoles

Recojo la luz del sol y luego me inclino hacia la tierra. Tomo lo que necesito y luego me aparto. Y en el verano tardío ya voy muriendo, pero quedan mis frutos que comparto con todos.

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Mabon, celebración del Equinoccio de Otoño

Con el Equinoccio de Otoño llega el momento de celebrar la cosecha, este tiempo de prosperidad y abundancia. Es momento de celebrarlo con un gran banquete y de agradecer a la tierra su generosidad. Los frutos que cosechamos son el obsequio que hace la madre tierra antes de partir hacia lo profundo, antes de retirar su energía y concentrarla en las raíces.

En otoño, la tierra esparce los ocres y los rojos, colores que nos anuncian la luz que se apaga. En otoño caen las hojas, la tierra se desprende de lo superfluo. Nosotros hemos de hacer lo mismo: deshacernos de la carga acumulada de trastos inútiles, de apegos malsanos, de emociones debilitantes, de obsesiones agotadoras, de hábitos destructivos. Desnudar nuestras almas.

Para recoger las semillas hay que apartar la cobertura, para llenarse de nuevo hay que vaciarse, para encontrar a Dios hay que despejar la mirada, para alcanzar lo esencial hay que recoger el grano, molerlo y tamizarlo hasta obtener la harina. Esta es nuestra tarea en esta estación.

En otoño celebramos la cosecha, saboreamos el fruto, pero gran parte de lo recibido lo guardamos para el siguiente periodo. Frutos que nos van a sostener durante el invierno, estación en la cual no podemos recibir nada de la tierra. Mabon nos trae el otoño, la estación en que hemos de prepararnos para la llegada del invierno.

El Equinoccio es el día donde luz y oscuridad, fuera y dentro, se hallan en equilibrio. A partir de ahora comienzan a extenderse las sombras. La luz se retira, la energía se retira, la vida se retira, empezamos a acercarnos a la muerte, con quien conviviremos durante el invierno. Es el momento de avanzar hacia ella con decisión y de meditar en el ciclo de la existencia: Infinito, Vida, Muerte, Vuelta a empezar, Infinito, Vida, Muerte, Vuelta a empezar, Kirtan kriya. Es el momento de sentir el correr de la sangre, de zambullirnos en el río de la vida y sentir la corriente que nos lleva, sentirlo en la piel, sentirlo adentro. La corriente que no cesa, que avanza y traza un círculo infinito. Es momento de meditar en esto para infundir coraje a nuestros egos aterrados, para devolverlos a su tamaño natural y funcional. Es momento de prepararse. Es necesario prepararse.

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La luciérnaga y la luna

Al principio de los tiempos la luna era gris y oscura, ninguna luz iluminaba su rostro. Eso sí, tenía una voz muy hermosa… a la luna le gustaba entonar canciones maravillosas. Todas las noches miraba embelesada la luz de las estrellas y, suspirando, empezaba a cantar para ellas. Las envidiaba y se sentía muy sola, ya que estaban muy lejos, sus brazos no alcanzaban a cogerlas.

A las luciérnagas les gustaba el canto de la luna, aunque en realidad no sabían de dónde provenía, tan solo sabían que venía del cielo. Una vez decidieron descubrir, de una vez por todas, el origen de aquella música, así que emprendieron camino, volando cada vez más alto, hasta que llegaron donde estaba la luna. ¡Qué contenta se puso!

Después de tan largo viaje, las luciérnagas, llenas de alegría, se pusieron a bailar, y la luna, asombrada, abrió su enorme y oscura boca en una gran O. Una luciérnaga que volaba distraída se coló dentro y entonces pudo ver todas las maravillas que poblaban esta voz. Vio las notas musicales danzando de acá para allá, escuchó el arrullo del viento enredándose entre las hojas de los árboles, oyó el arroyo del bosque con su murmullo saltarín, el caótico aleteo de las mariposas, el golpeteo de la lluvia sobre los lagos altísimos de las altas montañas, el mirlo saludando a la primavera… todo un mundo sonoro había sido atraído por el canto de la luna, cuyas notas, al principio de los tiempos, sonaban como un apacible silencio.
Entonces la luciérnaga comprendió que aquella música maravillosa que escuchaba todas las noches era la suma de todas esas voces enamoradas, y su corazón, emocionado, brilló más que nunca.
Desde entonces podemos contemplar la belleza de la luna, ahora llena de luz.

DOCE LUNAS, DOCE AMANECERES, UNA ENCINA… Luna llena de septiembre

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Mar

Nos acercamos al mar, territorio del sol y del agua, luz a raudales, brisa perfumada de sal. Detrás de esas lomas está esperando con los brazos abiertos para acogernos en un gran abrazo que nos hace libres. El mar. Ya hemos llegado.

De tanto en tanto necesitamos su rítmico oleaje, la canción del mar, que nos mece. Olas que vienen, olas que van… La respiración profunda del océano. Cierro los ojos y me limito a escuchar, a estar, a ser. La brisa me acaricia el cuerpo, mis labios saben a sal, muy dentro suenan otras olas que vienen, que van… Y cuando abro los ojos de nuevo, la inmensidad ante mí, la luz del sol riéndose sobre los pliegues del agua.

En el mar se relajan mis sentidos, se aquieta mi corazón y me vuelvo más sabia. En el mar se puede respirar.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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Olas

Una ola me alcanza,
dolor,
respiro…
Una ola me alcanza,
tristeza,
respiro…
Una ola me alcanza,
anhelos,
respiro…
Una ola me alcanza,
estallido,
respiro…
Una ola me alcanza,
nostalgia,
respiro…
Una ola me alcanza,
vértigo,
respiro…
Una ola me alcanza,
miedo,
respiro…
respiro
y siempre arribo al mismo puerto,
invulnerable,
inmutable,
núcleo de paz
y de silencio.
Una ola me alcanza,
el viento me azota,
la lluvia me golpea,
pero en el fondo de mi ser
soy quieta y una.

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Alma Vieja

Tu alma es antigua, tan antigua como el mundo,
amada Irene, sangre de mi sangre,
alma vieja, alma desnuda,
alma sabia, sin ambages.

Te miro y me asombra tu sensibilidad.
Tu corazón es un prado de flores
cuyos pétalos están siempre abiertos.
Flores mecidas por el viento.
Pétalos que palpitan de colores
cuando les acaricia el sol,
piel templada.
Flores engalanadas de rocío,
nutridas por la lluvia.
Un prado de flores vibrantes
algunas también marchitas,
porque cada soplo de aire
deja su rastro en ellas
y sus pétalos nunca se cierran.
Alma vulnerable, alma sensible.

Te miro y me asombran tus brazos alados.
Tu alma es salvaje y libre.
Corres por el parque con los pies descalzos
y ríes… y lloras… y gritas…
Y vuelas tan alto
que me quedo sin respiración.
Alma libre, alma bella.

Te miro y me asombra tu confianza ciega
en la vida
en las personas
en el mundo.
Para ti todas las personas son buenas…
te equivocas,
pero yo estoy mucho más confundida que tú.
No sabes lo que es el mal,
no lo comprendes.
Eres pura luz.
Alma limpia, alma buena.

Te miro y me asombra tu fuerza.
Cómo cada vez que caes te levantas,
cómo después de las lágrimas
irrumpe la sonrisa franca.
La alegría rezuma por tus venas.
Cada paso en el camino
es un juego maravilloso.
Rehacerte siempre por entero
intactos tus pies
que siguen caminando.
Alma invulnerable, alma vieja.

 

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Isla

Necesito arribar a la isla de sol a sol y solazarme en ella, recorrer todos sus rincones, vislumbrar sus tesoros. Necesito silencio, necesito encontrarme conmigo misma y desde ahí mirar el mar, el batir de las olas contra la roca, la espuma furiosa… el mar, que nos arrebata la vida o nos deja continuar con ella… que viene y va, que toma y da, que late y respira, que gira y gira, que nos canta su antiquísima canción… mi corazón guarda el tesoro.
Bajo a la playa, la recorro de punta a punta como una vieja costumbre, camino junto a la orilla, observando la caricia de las olas en la piel mojada de la tierra, agua y sol espejeando en la piel bruñida… sintiendo el frío en los pies, el suelo desapareciendo bajo ellos, el agua lamiendo el peso de los años… sintiéndome tan pequeña ante la inmensidad, con la certeza de que tras el horizonte hay un mundo nuevo, que un mundo nuevo es posible… llenándome los pulmones de aire fresco, el aire silenciando los gritos, haciendo brotar la alegría genuina, inundándome de luz al escuchar, una vez más, la antiquísima canción del mar…
Más tarde me alejo de la playa y penetro en el bosque oscuro, inquietante, con una miríada de árboles formando círculos, círculos de hermandad, círculos de protección, círculos para abastecernos de energía, y yo misma me hermano con ellos, un gran abrazo que fusiona corazón con corazón, que enraíza seres con seres, que trenza venas. Siento la energía del árbol penetrar en mi interior y afectar directamente mi corazón, una voz que me llega, comunicación…
Ek ong kar también es círculo, quien creó y lo creado es uno. Ek ong kar es la diosa…
Por fin descanso en el lago, espejo en calma, remanso de paz y quietud… Necesito quietud, silencio… he arribado al puerto de mi ser, a la isla, sola, y he recibido todas esas energías, me he nutrido con sus innumerables tesoros, para poder darme de nuevo en tierra de todos.

HUESOS. Alma

 

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