Raíces profundas

Raíces profundas. Raíces que penetran hasta lo más hondo. Raíces como garras que se aferran  a la tierra. Me asombra la raigambre en la gente de aquellos países que sufren continuamente una catástrofe tras otra: huracanes, terremotos, erupciones, tsunamis. Personas que han de levantar sus casas una y otra vez, que constantemente están en riesgo de perder la vida, y sin embargo permanecen atadas a sus hogares. ¡Qué fuerza la de las raíces! ¡Cómo anclan al suelo donde nacimos! ¡Qué profundas allá en la tierra!

Pero ¿por qué?

Aquí se hallan nuestros muertos enterrados, alimentando la tierra que pisamos, acompañándonos, integrados en el paisaje tan grabado en nuestras retinas. Conocemos estas montañas, estos valles, estos bosques, estos ríos, este mar que muere en las orillas trilladas.

Aquí nos sentimos en casa, conocemos a nuestros vecinos, nos movemos entre nuestras costumbres como si estuviéramos nadando en el vientre de nuestra madre. La tierra es el vientre de nuestra madre. Más allá, lo desconocido. Lo desconocido siempre nos da miedo, o al menos cierto reparo… ¿Qué hay tras ese muro, qué nos espera en lo profundo del bosque? Prefiero tener que levantar mi casa de nuevo un año tras otro que internarme en el bosque…

Aquí construimos nuestros hogares… y nuestras vidas, día a día, brotando, de todo lo largo de nuestro cuerpo, numerosos cordones umbilicales que nos anclan a este paisaje. Vínculos, vínculos, vínculos, sellamos vínculos un paso tras otro en este camino largo que es nuestra vida. Apegos…

Marchar es construir de nuevo, caminar sin un suelo firme, desnudos, desvalidos, sin redes, habiendo cortado todos los cordones. Marchar es dejar atrás. Marchar es abandonar todo lo que nos nutre, lo que nos sostiene, todo lo que nos hace avanzar. Marchar es arrancar las raíces de cuajo, pero no. Las raíces son demasiado profundas, son garras que se aferran a la tierra. Las raíces nos impiden marchar.

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La luciérnaga y la luna

Al principio de los tiempos la luna era gris y oscura, ninguna luz iluminaba su rostro. Eso sí, tenía una voz muy hermosa… a la luna le gustaba entonar canciones maravillosas. Todas las noches miraba embelesada la luz de las estrellas y, suspirando, empezaba a cantar para ellas. Las envidiaba y se sentía muy sola, ya que estaban muy lejos, sus brazos no alcanzaban a cogerlas.

A las luciérnagas les gustaba el canto de la luna, aunque en realidad no sabían de dónde provenía, tan solo sabían que venía del cielo. Una vez decidieron descubrir, de una vez por todas, el origen de aquella música, así que emprendieron camino, volando cada vez más alto, hasta que llegaron donde estaba la luna. ¡Qué contenta se puso!

Después de tan largo viaje, las luciérnagas, llenas de alegría, se pusieron a bailar, y la luna, asombrada, abrió su enorme y oscura boca en una gran O. Una luciérnaga que volaba distraída se coló dentro y entonces pudo ver todas las maravillas que poblaban esta voz. Vio las notas musicales danzando de acá para allá, escuchó el arrullo del viento enredándose entre las hojas de los árboles, oyó el arroyo del bosque con su murmullo saltarín, el caótico aleteo de las mariposas, el golpeteo de la lluvia sobre los lagos altísimos de las altas montañas, el mirlo saludando a la primavera… todo un mundo sonoro había sido atraído por el canto de la luna, cuyas notas, al principio de los tiempos, sonaban como un apacible silencio.
Entonces la luciérnaga comprendió que aquella música maravillosa que escuchaba todas las noches era la suma de todas esas voces enamoradas, y su corazón, emocionado, brilló más que nunca.
Desde entonces podemos contemplar la belleza de la luna, ahora llena de luz.

DOCE LUNAS, DOCE AMANECERES, UNA ENCINA… Luna llena de septiembre

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Miradas

Monstruos. Monstruos negros como el azabache sobre fondo negro como el carbón. Aúllan, me hostigan, caen sobre mí. Cuánta oscuridad, gritos en la noche de mi pecho, miedos que me acosan como jauría de perros…

Luz, seres de luz transitando los caminos, veredas claras que corren sobre los campos de esta eterna primavera. Flores, seres de pétalos y hojas, luz del sol, jardín fecundo, yo soy su jardinero…

Tú, tú, tú.

Yo, yo, yo.

Nosotros.

Cielo gris, luz gris, horizonte gris… mis pasos se vuelven inciertos al caminar a través de esta niebla persistente y densa. Mis párpados se cierran y el mar se agolpa en mi garganta. ¿A qué sabe una lágrima? A sal y a tierra…

Violeta, rosa, azul, amarillo, verde pistacho, marrón, naranja, rojo, añil… el sol brilla sobre todos los colores de la tierra, que se abren como pieles desnudas para recibir su luz y su calor…

Sobre el silencio,
el canto intermitente del pájaro.
Sobre el silencio,
el tic tac del reloj.
Amanece.

Uno. Todo es Uno.

Este peso de cadenas oxidadas, arrastro los pies, no veo más que miradas y una maza golpeando la mesa. Soy juez en un mundo de jueces. Y mido los minutos, las distancias, los gestos. Peso en mis hombros. Me derrumbo. El aire se desploma sobre mí…

Despliego mis alas, vuelo y juego con el aire a seguir sus caminos, a acariciar el viento, a elevarme más allá de las sombras. El sol es mi compañero y el horizonte, azul, infinito, está muy lejos. Hacia allá me dirijo para alcanzar lo inalcanzable. Mi vuelo es ligero…

Riego la planta. Se alza hermosa revelándose entre las luces y las sombras. En su pie, sobre la tierra, un montón de hojas secas, así es la vida hermanada con la muerte que la nutre como el agua. Así es la belleza, un juego de luces y sombras, un cruce de miradas, el aliento y la nada…

Riego la planta. Necesito unas tijeras de podar para eliminar las hojas muertas. Corto, corto, corto. Ahora sí se alza bella, verde, luminosa, fresca, sin fisuras…

Recuerdo, mi infancia soñada, los saltos y las risas y aquella niña que fui… y que perdí… los agravios de mi juventud, ofensas que laceran mi piel y mis adentros y que se yerguen como letras de neón jalonando mi camino. Risa y llanto, vino y rosas que perdí y que añoro, recuerdos que me pueblan por entero…

Sueño tantas cosas y hacia mis sueños avanzo. El horizonte está ahí, frente a mí, no lo pierdo de vista y avanzo, avanzo, siempre al frente, despojada de mis pies y de mis manos, con la mirada al frente, mi cuerpo poblado de horizontes…

Respiro.

HUESOS

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Mar

Nos acercamos al mar, territorio del sol y del agua, luz a raudales, brisa perfumada de sal. Detrás de esas lomas está esperando con los brazos abiertos para acogernos en un gran abrazo que nos hace libres. El mar. Ya hemos llegado.

De tanto en tanto necesitamos su rítmico oleaje, la canción del mar, que nos mece. Olas que vienen, olas que van… La respiración profunda del océano. Cierro los ojos y me limito a escuchar, a estar, a ser. La brisa me acaricia el cuerpo, mis labios saben a sal, muy dentro suenan otras olas que vienen, que van… Y cuando abro los ojos de nuevo, la inmensidad ante mí, la luz del sol riéndose sobre los pliegues del agua.

En el mar se relajan mis sentidos, se aquieta mi corazón y me vuelvo más sabia. En el mar se puede respirar.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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Estrellas de primavera

Estrellas de primavera,
ilumináis las mañanas
con vuestra luz de tierra.

INSTANTÁNEAS

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Ostara

Estos días fuertes vientos nos traen a Ostara, diosa de la fertilidad y de la luz. Los brotes de los árboles se han abierto y en las ramas empiezan a asomar las hojas tiernas y frescas, de un verde que es pura luz y sol de mañana. Los animales también están despertando. Ya podemos escuchar el canto de la primavera.

La tierra ha renacido. Quien se pregunte qué pasa después de la muerte que mire los ciclos del año, que observe cómo despierta la tierra después de ese largo periodo letárgico que es el invierno. Así obtendrá la respuesta.

Y como despertar, como renacimiento, como triunfo de la luz sobre las sombras, ya que a partir de ahora los días serán más largos que las noches, hay que celebrarlo. La naturaleza vuelve a brindarnos sus dones, la madre tierra nos tiende las manos rebosantes de vida nueva. Y hemos de celebrarlo. Honrar a Ostara, honrar la vida, honrar la belleza, honrar la sangre y la salvia corriendo por venas y nervaduras.

E iniciar nuevos proyectos, aquello que nos rondaba por la cabeza al calor de nuestra llama interna, ya que los días empiezan a ser más largos y es tiempo propicio para realizar los sueños.

Es tiempo de salir y recoger en nuestra piel la luz del sol, la caricia del aire todavía fresco. Y crecer, crecer, crecer como crece la hierba, expandirse, abrirse como los pétalos de una flor, abrirse para recibir las bendiciones de la naturaleza. Es tiempo de pintar el lienzo en blanco con nuestros sueños. Es tiempo de romper el cascarón, nacer de nuevo… un año más.

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