Una estación de paso para quedarme

El otoño se instala suavemente, sin apenas darnos cuenta. Los primeros vientos anuncian su llegada, aparecen de puntillas, en silencio, haciendo estremecer las hojas.
Vientos que traen el otoño. Y traen la lluvia, lluvia que lava cielo y tierra, arrastrando el polvo que araña, aliviando y refrescando el aire, promesa de un mundo nuevo, sin pliegues, sin doblez. Y traen el frío, una voz que nos despierta, que nos acucia para que nos pongamos en camino, una corriente que nos vivifica. Y traen una luz que se apaga cada vez más temprano. Y traen los colores de la tierra incendiada, rojo, amarillo, marrón… Y traen los frutos y las hojas que caen. Y traen las aves que vienen de tan lejos, surcando el cielo con alas silentes. Y traen tristezas antiguas que ahora brotan y se alargan en las largas tardes de otoño. Y traen una luz que nace en lo oscuro y alumbra la nueva vida. Y traen silencio, paz, arrobamiento. Traen las miradas hacia dentro, hacia el calor que nos habita piel adentro.
Entonces, con el otoño ya instalado, entro en esa habitación que me es propia, cierro las ventanas, enciendo el fuego y miro por última vez afuera, a través de los cristales. Fuera hay lluvia, hay viento, hay frío, pero dentro estoy caliente, estoy a salvo.
El otoño, una estación de paso que deja una huella indeleble en mi corazón, se ha marchado dejando espacio al invierno. Entonces cierro los ojos.

ESTACIONES DEL ALMA. Otoño

 

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Luna llena de febrero

Después de la lluvia, el aire fresco y renovado. La lluvia arrastra el polvo… los perfiles se vuelven nítidos… la conciencia, por fin, tiene espacio para desplegar su luz.

El cielo va a derrumbarse sobre nuestras cabezas, una luz lechosa lloviznando sobre nuestras fronteras, penetrando, más allá, como el agua vieja… la humedad, que se instala como una segunda piel.

Todavía no ha salido la luna. Me temo que nos vamos a perder esta luna de febrero. El cielo está completamente cubierto. Los últimos rayos del sol languidecen como ascuas rosadas entre un montón de cenizas. La luna podría ser la chispa final en ese fuego que agoniza. La vida infinita y luminosa que se desborda sobre los ojos en la última exhalación.

Le damos la espalda a la luna, hoy más nueva que llena, y nos refugiamos bajo la encina protectora. Qué silenciosa. Los árboles también son madres, o padres, que nos protegen de lo que cae del cielo, de lo que viene de frente, de lo que habita en los poros del aire… lluvia, viento, frío. Y su silencioso estar me adormece. Y no es que el frío desaparezca, pero hay cierta calidez cuando me siento abrazada por sus ramas.

Ya nos vamos y nos quedamos sin ver la inexistente luna de febrero, oculta tras una espesa capa de nada oscura.

DOCE LUNAS. DOCE AMANECERES, UNA ENCINA…

 

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