Dame tu mano

Me cruzo con un transeúnte. Le miro a los ojos. Me aterra, me corta la respiración, pensar lo que puede haber tras esos ojos. Otra vez el miedo.

Un día solté tu mano, arrastrada por un viento que venía de frente, impetuoso, como una bofetada, un viento que comenzó con mi ceguera, con mi blindaje, y me arrancó de tu mano. Desde entonces no te veo… y tengo miedo…

Me adentro y me encuentro con un frío glaciar de bordes afilados que cortan con violencia. ¿Cuánta violencia pueden alojar nuestros corazones de hielo? ¿Cuánta violencia es capaz de alojar dentro de sí un hombre? Los bordes, afilados como cuchillas, hieren con solo mirarlos. Una vez más da miedo.

Pico el hielo, está muy duro, tengo que usar todas mis fuerzas para quebrarlo. Al fin una grieta. Riadas de lágrimas, miríadas de gritos, como si hubiese abierto la caja de pandora con los cien vientos huracanados, se escapan por la rendija hasta hacerlo estallar. Un tsunami de dolor cae sobre mi cuerpo derribándome. Dentro un niño herido y solo. Dentro solo… herido… Niño desvalido, niño asustado.

… Dame tu mano…

Pero he de mirar más dentro, más dentro aún. Me levanto y me adentro entre los escombros del hielo, sorteando los charcos de lágrimas que han quedado, resquicios insidiosos, avanzando pese a los gritos de los vientos que aún flotan en el aire como ecos de un mundo abandonado, desierto. Me dirijo al centro, más dentro, más dentro, y al fondo del fondo encuentro un corazón tierno y una llama blanca que la lluvia no apaga. Un corazón que late, late, late a pesar del paralizante hielo… a pesar de la riada, a pesar del estruendo… sigue latiendo, sigue latiendo, sigue latiendo.

… Corazones que laten al mismo compás. Los corazones saben. Nunca estuvimos solos. Mi mano se soltó, pero nuestros corazones siguieron latiendo…

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Allá donde prospera la vida

Dunas, dunas sin raíces, dunas zarandeadas por el viento, siempre a su merced… Carne de arena, destejida, candidata a la transgresión. Mi corazón, un castillo con grandes murallas, castillo de arena que al primer golpe se derrumba. Sin raíces, sin sustancia, sin trama. Carecía de poder. Siempre al borde del abismo. Siempre dispuesta a recibir un golpe más en el corazón…

Pero un día salí a cielo abierto, emprendí el camino y miré adentro. Subí a la cumbre, donde el aire es nuevo, y sana. Aire fresco entrando a raudales por las ventanas de mi alma. Subí tan alto que encontré las huellas perennes del sol. Allá arriba me convertí en águila y pude verlo todo. Entonces miré adentro, allá donde no llega la luz…

Rastreando encontré mi núcleo invulnerable, tan fuerte como la roca. Siempre estuvo allí, pero lo había sepultado con la tierra de las falsas creencias, que me habían despojado de todo poder.
He recuperado la solidez, me alzo como una montaña antigua. Y es ahí donde prospera la vida, vulnerable y flexible, pero con las raíces tejidas en ese núcleo de piedra.

Estoy viva. He recuperado mi poder. Hundo mis raíces en la roca y expongo mis ramas al aire fresco, ya sin miedo, ya libre de falsas creencias.

HUESOS. Vientre

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Alma Vieja

Tu alma es antigua, tan antigua como el mundo,
amada Irene, sangre de mi sangre,
alma vieja, alma desnuda,
alma sabia, sin ambages.

Te miro y me asombra tu sensibilidad.
Tu corazón es un prado de flores
cuyos pétalos están siempre abiertos.
Flores mecidas por el viento.
Pétalos que palpitan de colores
cuando les acaricia el sol,
piel templada.
Flores engalanadas de rocío,
nutridas por la lluvia.
Un prado de flores vibrantes
algunas también marchitas,
porque cada soplo de aire
deja su rastro en ellas
y sus pétalos nunca se cierran.
Alma vulnerable, alma sensible.

Te miro y me asombran tus brazos alados.
Tu alma es salvaje y libre.
Corres por el parque con los pies descalzos
y ríes… y lloras… y gritas…
Y vuelas tan alto
que me quedo sin respiración.
Alma libre, alma bella.

Te miro y me asombra tu confianza ciega
en la vida
en las personas
en el mundo.
Para ti todas las personas son buenas…
te equivocas,
pero yo estoy mucho más confundida que tú.
No sabes lo que es el mal,
no lo comprendes.
Eres pura luz.
Alma limpia, alma buena.

Te miro y me asombra tu fuerza.
Cómo cada vez que caes te levantas,
cómo después de las lágrimas
irrumpe la sonrisa franca.
La alegría rezuma por tus venas.
Cada paso en el camino
es un juego maravilloso.
Rehacerte siempre por entero
intactos tus pies
que siguen caminando.
Alma invulnerable, alma vieja.

 

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