Plumas

Aligerar de ropas, soltar los pesados mantos, aligerar el peso, sacudir la nieve que nos sepulta y bailar, dejarnos llevar por la espiral del viento, bailar, dejar caer las vendas, trazar círculos, bailar, aligerar, aligerar…

Soltar, soltarnos, zafarnos de las manos que agarran los tobillos y no nos dejan avanzar, sacudirnos de las manos que estrujan el corazón asfixiándolo, soltar el hambre, serenar las miles de bocas que claman, hambrientas y enraizadas al corazón, abiertas, esperando engullir lo que sea, soltar los pedruscos que nos doblan la espalda y sembrar unas alas para alzar el vuelo, ligeros, aligerados, livianos.

La luz abre sus manos, lleva un presente: este momento. Respiro y suelto. Es primavera. Hay tanto que mirar. Salgo afuera. Respiro, río porque sí y templo mis manos con el sol de la mañana. Emprendo camino. Ya no me duele el pecho.

Plumas mecidas por el viento.

ESTACIONES DEL ALMA. Primavera.

Para seguir Tinta y Luz…

Suscríbete a Tinta y Luz para recibir en tu correo electrónico las novedades del blog. Recibirás, como regalo de bienvenida, un ebook con una muestra de nuestros libros publicados y de nuestros proyectos en marcha.

* campo requerido




Compartir...

Estaciones del alma. Primavera

Si quieres adquirir cualquiera de estas fotos o el portfolio completo, pulsa aquí.

 

Para seguir Tinta y Luz…

* campo requerido




Compartir...

Parto

Un pulso de sangre caliente late cada vez con mayor fuerza. Olas que rompen sobre las rocas increíblemente sólidas, que con una lentitud de siglos abaten la piedra dura e inquebrantable.

El mar comienza a enfurecerse. De pronto, un pinchazo y mi cuerpo dormido… acallado, vacío. Invierno. Muere mi cuerpo. Muere mi corazón también. Duele este silencio frío. El pinchazo mata toda sensación, todo asombro, podría estar comprando pescado en el mercado. Solo sus manos amigas, su compañía absolutamente presente, me mantiene a flote.

Irene sigue viviendo el furor de las olas. Fluye con la vida. Y yo estoy desconectada. Desconectada del mar. Desconectada de mi cuerpo. Desconectada de ella. Tan lejos de ella…

Por fin doy a luz. Y la primavera irrumpe abriendo las puertas de par en par. Mis lágrimas brotan a borbotones, mi voz sale a borbotones, y la alegría lo inunda todo, cada célula, cada respiración. Irene es el sol que ha fundido el hielo, y el río fluye de nuevo con fuerza y alborozo.

Irene está desconcertada en manos ajenas hasta que por fin pone pie en tierra firme, mi pecho, y nos fundimos en un abrazo de pieles húmedas. Doy gracias a la vida.

Más tarde, ya en la habitación, Irene nos arrastra de nuevo al útero, y nos miramos y nos amamos en silencio, en la penumbra, un silencio y una penumbra llenos de sentido, una mirada tierna y asombrada, serena. Te tengo cogida en mis brazos. Te sostengo. Te amo. Bienvenida.

ESTACIONES DEL ALMA. Primavera

Para seguir Tinta y Luz…

* campo requerido




Compartir...

Dentro

Miro a través de la ventana. El viento agita las ramas de los árboles, un pájaro atraviesa el horizonte, rompiendo las escamas del frío que se estrellan contra los cristales de la ventana. Todo danza en silencio. La lluvia derrama golpes arrítmicos sobre los tejados, y aún así… silencio. Yo estoy dentro, al otro lado, donde las llamas agitan sus brazos sin viento alguno.

Miramos a través de la ventana. Nos arropamos, reímos, contamos cuentos, bailamos, amamos, ajenos a la lluvia, al frío, a la soledad, al viento que nos empuja hacia dentro. Uno a otro nos pasamos la llama que brota en nuestras manos, en nuestras risas, en nuestra mirada, en los abrazos espontáneos y larguísimos.

Un sol nos habita dentro, nos anima, nos hace continuar la danza de la vida. El agua corre por los regatos de nuestro cuerpo, vivificándolo. La tierra nos arraiga, une el entramado. El frío aletarga nuestra piel, pero despierta nuestro espíritu… aire. Estamos en la estación del calor hacia dentro.

ESTACIONES DEL ALMA. Invierno

Para seguir Tinta y Luz…

* campo requerido




Compartir...

Una estación de paso para quedarme

El otoño se instala suavemente, sin apenas darnos cuenta. Los primeros vientos anuncian su llegada, aparecen de puntillas, en silencio, haciendo estremecer las hojas.
Vientos que traen el otoño. Y traen la lluvia, lluvia que lava cielo y tierra, arrastrando el polvo que araña, aliviando y refrescando el aire, promesa de un mundo nuevo, sin pliegues, sin doblez. Y traen el frío, una voz que nos despierta, que nos acucia para que nos pongamos en camino, una corriente que nos vivifica. Y traen una luz que se apaga cada vez más temprano. Y traen los colores de la tierra incendiada, rojo, amarillo, marrón… Y traen los frutos y las hojas que caen. Y traen las aves que vienen de tan lejos, surcando el cielo con alas silentes. Y traen tristezas antiguas que ahora brotan y se alargan en las largas tardes de otoño. Y traen una luz que nace en lo oscuro y alumbra la nueva vida. Y traen silencio, paz, arrobamiento. Traen las miradas hacia dentro, hacia el calor que nos habita piel adentro.
Entonces, con el otoño ya instalado, entro en esa habitación que me es propia, cierro las ventanas, enciendo el fuego y miro por última vez afuera, a través de los cristales. Fuera hay lluvia, hay viento, hay frío, pero dentro estoy caliente, estoy a salvo.
El otoño, una estación de paso que deja una huella indeleble en mi corazón, se ha marchado dejando espacio al invierno. Entonces cierro los ojos.

ESTACIONES DEL ALMA. Otoño

 

Para seguir Tinta y Luz…

* campo requerido




Compartir...