El abrazo del bosque

Al entrar en el bosque se hace el silencio en mi alma y entonces puedo escuchar su voz poblada de voces. Al entrar en el bosque me siento como en casa, en una habitación propia al fondo de mi ser, y me arrebujo en esta suave intimidad sin muros en donde puedo respirar, donde puedo ser hacia dentro.

Y miro alrededor. Callo. Reverencio. Amo los árboles porque son completos. Se alimentan de la luz del sol y de la oscuridad y humedad de la tierra. Una y otras les hacen crecer.

Cerca de la tierra, los ansío, tan fuertes, antiguos, firmes, con su centro invulnerable. Cerca de los cielos, los anhelo, tan delicados, tiernos, flexibles, receptivos…

El bosque me cobija, el bosque me abraza, quisiera ser árbol y arraigar en él.

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Girasoles

Recojo la luz del sol y luego me inclino hacia la tierra. Tomo lo que necesito y luego me aparto. Y en el verano tardío ya voy muriendo, pero quedan mis frutos que comparto con todos.

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Estaciones del alma. Verano

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Mar

Nos acercamos al mar, territorio del sol y del agua, luz a raudales, brisa perfumada de sal. Detrás de esas lomas está esperando con los brazos abiertos para acogernos en un gran abrazo que nos hace libres. El mar. Ya hemos llegado.

De tanto en tanto necesitamos su rítmico oleaje, la canción del mar, que nos mece. Olas que vienen, olas que van… La respiración profunda del océano. Cierro los ojos y me limito a escuchar, a estar, a ser. La brisa me acaricia el cuerpo, mis labios saben a sal, muy dentro suenan otras olas que vienen, que van… Y cuando abro los ojos de nuevo, la inmensidad ante mí, la luz del sol riéndose sobre los pliegues del agua.

En el mar se relajan mis sentidos, se aquieta mi corazón y me vuelvo más sabia. En el mar se puede respirar.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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Huidas y encuentros

El sol brilla en cada palmo de tierra encaneciendo las hojas de los árboles. Un polvo viejo y reseco duerme suspendido en los rincones del aire. Se hace difícil respirar. El calor es una pasta pegajosa que aplasta nuestras cabezas. Todo pesa. Pesan los brazos, pesa la espalda, pesan los párpados, pesan las piernas. Los pies arden…

Añoro las noches frescas y estrelladas. Quiero moverme hacia el norte, siempre al norte, en busca de ligereza. Aligerar la sangre espesa. Despertar.

Las vacas pacen con extrema parsimonia. En las tardes de verano todo se ralentiza. Por eso siempre me sorprenden las mariposas tan risueñas, que revolotean ejecutando sus danzas alegres entre las luces y las sombras.

Las moscas me zumban en la cara. Tengo la boca seca. Tengo la piel húmeda. Entro al bosque en busca de la sombra fresca, del arroyo. Busco cobijo.

El verano es la estación de la huida. Huimos del calor, del peso, del sopor. Pero también es la estación del encuentro. El encuentro con la sombra, con el agua, con la brisa, con las horas tempranas, con la tormenta. Encuentros.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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El tiempo recuperado

Tiempo para amar, tiempo para jugar, tiempo para descansar… Tiempo sin horas, tiempo preñado de risas y respiraciones, tiempo sin ocaso… Tiempo caricia lenta, tiempo parpadeo de Shiva, tiempo sin tiempo…

El vuelo de la golondrina, la mies recién cortada, la excitación de los grillos…
Las montañas, el mar, el río, el árbol, la madre naturaleza…
El aire fresco de las montañas, el aire salino del mar, el agua helada del río…
La sombra del árbol, las voces del bosque, el murmullo del arroyo…
El sol, el cielo estrellado, las Perseidas…
El cencerro de las vacas, el lavadero solitario, las espadañas…
La fuente, la ermita, las casas perdidas…
Los caminos rurales, los muretes de piedra, el sabor de las moras…
Las risas de los que amo, la plenitud. Es verano.

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Plumas

Aligerar de ropas, soltar los pesados mantos, aligerar el peso, sacudir la nieve que nos sepulta y bailar, dejarnos llevar por la espiral del viento, bailar, dejar caer las vendas, trazar círculos, bailar, aligerar, aligerar…

Soltar, soltarnos, zafarnos de las manos que agarran los tobillos y no nos dejan avanzar, sacudirnos de las manos que estrujan el corazón asfixiándolo, soltar el hambre, serenar las miles de bocas que claman, hambrientas y enraizadas al corazón, abiertas, esperando engullir lo que sea, soltar los pedruscos que nos doblan la espalda y sembrar unas alas para alzar el vuelo, ligeros, aligerados, livianos.

La luz abre sus manos, lleva un presente: este momento. Respiro y suelto. Es primavera. Hay tanto que mirar. Salgo afuera. Respiro, río porque sí y templo mis manos con el sol de la mañana. Emprendo camino. Ya no me duele el pecho.

Plumas mecidas por el viento.

ESTACIONES DEL ALMA. Primavera.

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Estaciones del alma. Primavera

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Parto

Un pulso de sangre caliente late cada vez con mayor fuerza. Olas que rompen sobre las rocas increíblemente sólidas, que con una lentitud de siglos abaten la piedra dura e inquebrantable.

El mar comienza a enfurecerse. De pronto, un pinchazo y mi cuerpo dormido… acallado, vacío. Invierno. Muere mi cuerpo. Muere mi corazón también. Duele este silencio frío. El pinchazo mata toda sensación, todo asombro, podría estar comprando pescado en el mercado. Solo sus manos amigas, su compañía absolutamente presente, me mantiene a flote.

Irene sigue viviendo el furor de las olas. Fluye con la vida. Y yo estoy desconectada. Desconectada del mar. Desconectada de mi cuerpo. Desconectada de ella. Tan lejos de ella…

Por fin doy a luz. Y la primavera irrumpe abriendo las puertas de par en par. Mis lágrimas brotan a borbotones, mi voz sale a borbotones, y la alegría lo inunda todo, cada célula, cada respiración. Irene es el sol que ha fundido el hielo, y el río fluye de nuevo con fuerza y alborozo.

Irene está desconcertada en manos ajenas hasta que por fin pone pie en tierra firme, mi pecho, y nos fundimos en un abrazo de pieles húmedas. Doy gracias a la vida.

Más tarde, ya en la habitación, Irene nos arrastra de nuevo al útero, y nos miramos y nos amamos en silencio, en la penumbra, un silencio y una penumbra llenos de sentido, una mirada tierna y asombrada, serena. Te tengo cogida en mis brazos. Te sostengo. Te amo. Bienvenida.

ESTACIONES DEL ALMA. Primavera

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Dentro

Miro a través de la ventana. El viento agita las ramas de los árboles, un pájaro atraviesa el horizonte, rompiendo las escamas del frío que se estrellan contra los cristales de la ventana. Todo danza en silencio. La lluvia derrama golpes arrítmicos sobre los tejados, y aún así… silencio. Yo estoy dentro, al otro lado, donde las llamas agitan sus brazos sin viento alguno.

Miramos a través de la ventana. Nos arropamos, reímos, contamos cuentos, bailamos, amamos, ajenos a la lluvia, al frío, a la soledad, al viento que nos empuja hacia dentro. Uno a otro nos pasamos la llama que brota en nuestras manos, en nuestras risas, en nuestra mirada, en los abrazos espontáneos y larguísimos.

Un sol nos habita dentro, nos anima, nos hace continuar la danza de la vida. El agua corre por los regatos de nuestro cuerpo, vivificándolo. La tierra nos arraiga, une el entramado. El frío aletarga nuestra piel, pero despierta nuestro espíritu… aire. Estamos en la estación del calor hacia dentro.

ESTACIONES DEL ALMA. Invierno

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