Mar

Nos acercamos al mar, territorio del sol y del agua, luz a raudales, brisa perfumada de sal. Detrás de esas lomas está esperando con los brazos abiertos para acogernos en un gran abrazo que nos hace libres. El mar. Ya hemos llegado.

De tanto en tanto necesitamos su rítmico oleaje, la canción del mar, que nos mece. Olas que vienen, olas que van… La respiración profunda del océano. Cierro los ojos y me limito a escuchar, a estar, a ser. La brisa me acaricia el cuerpo, mis labios saben a sal, muy dentro suenan otras olas que vienen, que van… Y cuando abro los ojos de nuevo, la inmensidad ante mí, la luz del sol riéndose sobre los pliegues del agua.

En el mar se relajan mis sentidos, se aquieta mi corazón y me vuelvo más sabia. En el mar se puede respirar.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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Huidas y encuentros

El sol brilla en cada palmo de tierra encaneciendo las hojas de los árboles. Un polvo viejo y reseco duerme suspendido en los rincones del aire. Se hace difícil respirar. El calor es una pasta pegajosa que aplasta nuestras cabezas. Todo pesa. Pesan los brazos, pesa la espalda, pesan los párpados, pesan las piernas. Los pies arden…

Añoro las noches frescas y estrelladas. Quiero moverme hacia el norte, siempre al norte, en busca de ligereza. Aligerar la sangre espesa. Despertar.

Las vacas pacen con extrema parsimonia. En las tardes de verano todo se ralentiza. Por eso siempre me sorprenden las mariposas tan risueñas, que revolotean ejecutando sus danzas alegres entre las luces y las sombras.

Las moscas me zumban en la cara. Tengo la boca seca. Tengo la piel húmeda. Entro al bosque en busca de la sombra fresca, del arroyo. Busco cobijo.

El verano es la estación de la huida. Huimos del calor, del peso, del sopor. Pero también es la estación del encuentro. El encuentro con la sombra, con el agua, con la brisa, con las horas tempranas, con la tormenta. Encuentros.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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El tiempo recuperado

Tiempo para amar, tiempo para jugar, tiempo para descansar… Tiempo sin horas, tiempo preñado de risas y respiraciones, tiempo sin ocaso… Tiempo caricia lenta, tiempo parpadeo de Shiva, tiempo sin tiempo…

El vuelo de la golondrina, la mies recién cortada, la excitación de los grillos…
Las montañas, el mar, el río, el árbol, la madre naturaleza…
El aire fresco de las montañas, el aire salino del mar, el agua helada del río…
La sombra del árbol, las voces del bosque, el murmullo del arroyo…
El sol, el cielo estrellado, las Perseidas…
El cencerro de las vacas, el lavadero solitario, las espadañas…
La fuente, la ermita, las casas perdidas…
Los caminos rurales, los muretes de piedra, el sabor de las moras…
Las risas de los que amo, la plenitud. Es verano.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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Litha

Litha es fuego, y el solsticio de verano es el momento del año en el que el Sol ejerce su mayor influencia y poder.

Verano, territorio de la luz, espacios abiertos, expansión, movimiento… es hora de actuar, de gritar, de respirar profundamente y avanzar con los brazos abiertos…

Llegamos al máximo de apertura, a partir de este momento los días se acortan, la luz se debilita hasta llegar al otro extremo, el del recogimiento y las sombras. Pero todavía nos quedan muchos días de luz, de apertura, de expansión… la explosión permanece en el aire durante mucho tiempo.

Hoy el sol está fuera, el aire está fuera. Avanza. No dejes de moverte, no pares de bailar, si te detienes podrías quemarte, el sol es demasiado poderoso, azota… derrumba con su lengua de fuego. Solo ese continuo danzar nos mantiene en pie. Expándete como el Universo. Hay energía suficiente. Muévete.

Entrega… tu corazón, tu alma, tus manos… Mira a tu alrededor. Pon luz en tu conciencia. Acerca tu corazón al corazón del mundo, deja que se fundan el uno en el otro… expón tu alma… ofrece tus manos. Muévete.

Suelta una carcajada, una risotada al viento. Y con ella suelta todo lo que ya no necesitas, lo que te pesa, lo que te lacra, lo que te lacera. Entrégaselo al viento para que se lo lleve muy lejos. Y llénate de aire nuevo, de sol, de camino virgen, de cielo.

Hoy extiende tus brazos, recoge la luz que reposa en tu vientre y deja que alce el vuelo y roce las nubes.

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Mirada

¿Qué hay detrás de tu mirada? Zambullirme en la oscuridad para encontrarme con la luz.

INSTANTÁNEAS

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Olas

Una ola me alcanza,
dolor,
respiro…
Una ola me alcanza,
tristeza,
respiro…
Una ola me alcanza,
anhelos,
respiro…
Una ola me alcanza,
estallido,
respiro…
Una ola me alcanza,
nostalgia,
respiro…
Una ola me alcanza,
vértigo,
respiro…
Una ola me alcanza,
miedo,
respiro…
respiro
y siempre arribo al mismo puerto,
invulnerable,
inmutable,
núcleo de paz
y de silencio.
Una ola me alcanza,
el viento me azota,
la lluvia me golpea,
pero en el fondo de mi ser
soy quieta y una.

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Alas rotas

Aletea, aletea la libélula atrapada entre las zarzas… las zarpas… tratando de liberarse la libélula inocente… y cuanto más aletea, más se desgarran sus alas.

La libélula no se desangra… se le va escapando la vida por los rotos del alma. La libélula quebrada, despojada de su brillo, de su cordura… cae en el sueño exhausta, incapaz de enfrentar la realidad… atrapada eternamente entre las zarzas… le escuecen las alas.

Qué tenebroso, qué triste…

¡Vivir en un mundo tan lúgubre y no desmayar! ¿Qué es lo que os mantiene en pie? ¿Cómo no se desmoronan los cimientos de vuestro ser? ¿Cómo podéis sonreír, zarzas de la noche?… cada dedo una espina, la sangre alterada… hiel.

Qué mundo más oscuro. Se me agolpan las lágrimas en la garganta.

Almas rotas haciendo añicos otras almas. Alas aplastadas arrancando de cuajo otras alas. Almas huecas succionando la ternura y la inocencia… volviendo opaco el mirar…

Ven aquí, libélula herida. Te abrazo y mi amor siembra unas alas, mis lágrimas las hacen crecer, amanece en la piel irisada… Aún puede haber luz, aunque la herida sea irreparable… Un sol inextinguible mora dentro de ti, siempre estuvo ahí, libélula irisada.

HUESOS. Alma

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Ostara

Estos días fuertes vientos nos traen a Ostara, diosa de la fertilidad y de la luz. Los brotes de los árboles se han abierto y en las ramas empiezan a asomar las hojas tiernas y frescas, de un verde que es pura luz y sol de mañana. Los animales también están despertando. Ya podemos escuchar el canto de la primavera.

La tierra ha renacido. Quien se pregunte qué pasa después de la muerte que mire los ciclos del año, que observe cómo despierta la tierra después de ese largo periodo letárgico que es el invierno. Así obtendrá la respuesta.

Y como despertar, como renacimiento, como triunfo de la luz sobre las sombras, ya que a partir de ahora los días serán más largos que las noches, hay que celebrarlo. La naturaleza vuelve a brindarnos sus dones, la madre tierra nos tiende las manos rebosantes de vida nueva. Y hemos de celebrarlo. Honrar a Ostara, honrar la vida, honrar la belleza, honrar la sangre y la salvia corriendo por venas y nervaduras.

E iniciar nuevos proyectos, aquello que nos rondaba por la cabeza al calor de nuestra llama interna, ya que los días empiezan a ser más largos y es tiempo propicio para realizar los sueños.

Es tiempo de salir y recoger en nuestra piel la luz del sol, la caricia del aire todavía fresco. Y crecer, crecer, crecer como crece la hierba, expandirse, abrirse como los pétalos de una flor, abrirse para recibir las bendiciones de la naturaleza. Es tiempo de pintar el lienzo en blanco con nuestros sueños. Es tiempo de romper el cascarón, nacer de nuevo… un año más.

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Dame tu mano

Me cruzo con un transeúnte. Le miro a los ojos. Me aterra, me corta la respiración, pensar lo que puede haber tras esos ojos. Otra vez el miedo.

Un día solté tu mano, arrastrada por un viento que venía de frente, impetuoso, como una bofetada, un viento que comenzó con mi ceguera, con mi blindaje, y me arrancó de tu mano. Desde entonces no te veo… y tengo miedo…

Me adentro y me encuentro con un frío glaciar de bordes afilados que cortan con violencia. ¿Cuánta violencia pueden alojar nuestros corazones de hielo? ¿Cuánta violencia es capaz de alojar dentro de sí un hombre? Los bordes, afilados como cuchillas, hieren con solo mirarlos. Una vez más da miedo.

Pico el hielo, está muy duro, tengo que usar todas mis fuerzas para quebrarlo. Al fin una grieta. Riadas de lágrimas, miríadas de gritos, como si hubiese abierto la caja de pandora con los cien vientos huracanados, se escapan por la rendija hasta hacerlo estallar. Un tsunami de dolor cae sobre mi cuerpo derribándome. Dentro un niño herido y solo. Dentro solo… herido… Niño desvalido, niño asustado.

… Dame tu mano…

Pero he de mirar más dentro, más dentro aún. Me levanto y me adentro entre los escombros del hielo, sorteando los charcos de lágrimas que han quedado, resquicios insidiosos, avanzando pese a los gritos de los vientos que aún flotan en el aire como ecos de un mundo abandonado, desierto. Me dirijo al centro, más dentro, más dentro, y al fondo del fondo encuentro un corazón tierno y una llama blanca que la lluvia no apaga. Un corazón que late, late, late a pesar del paralizante hielo… a pesar de la riada, a pesar del estruendo… sigue latiendo, sigue latiendo, sigue latiendo.

… Corazones que laten al mismo compás. Los corazones saben. Nunca estuvimos solos. Mi mano se soltó, pero nuestros corazones siguieron latiendo…

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El canto de la tierra

El canto de la tierra me llega como un golpe de viento fresco y revitalizante, mientras paseo por esta ciudad gris y sucia, cubierta de asfalto. La tierra le ha robado unos pocos metros cuadrados y por ellos rezuma la vida, cantando y danzando, tan hermosa…

Estamos en otoño, aunque no en todos los árboles ha aflorado el fuego antes de que se derrame en la tierra y se abisme a las raíces. Pero muchos sí, y algunos ya descubren su verdad desnuda. Siempre se hace el silencio en mí cuando contemplo sus huesos.

El cielo va a desplomarse en una lluvia que arrastra las lágrimas enraizadas en la piel. Tras la lluvia, camino más liviana y siento que el pecho se afloja. También se rinde el alma. Se rinde a la vida preñada de fuerza, preñada de risas. Quiero nacer cada mañana y envejecer cada tarde… morir cada noche… y así hacerme y deshacerme, tejer y destejer y seguir caminando.

El aire es frío a estas horas de la mañana. Escucho el canto, el canto de la tierra. Algunas semillas se demoran y no se deprenden de las ramas. La tierra tiene paciencia y solo da un paso cuando tiene que darlo. La tierra no está preparada para dar cobijo a las semillas. Necesita un vientre oscuro y frío donde poder madurarlas, pero el sol, y su calor, se resisten a dejarnos. Las semillas caerán cuando tengan que hacerlo, primero hay que preparar a la tierra. Todo es perfecto… en nuestras vidas… todo a su tiempo.

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