Te ofrezco mis manos

Te ofrezco mis manos.
¿Qué más puedo ofrecer?

Te ofrezco mis manos.
Y ¿qué pueden hacer mis manos
ante la fuerza de la vida,
ante el vasto acontecer,
ante el inexorable encuentro
con la muerte?
La vida avanza
y mis manos tratan de retenerla,
tratan de sofocar un mundo en llamas,
tratan de aplacar la fuerza del huracán,
tratan de detener el alud.

¿Qué pueden hacer mis manos?
Trenzo pieles, te acaricio,
¿sientes el contacto?
Estoy contigo.
Te acompaño.
Te ofrezco mis manos.

HUESOS

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El tiempo recuperado

Tiempo para amar, tiempo para jugar, tiempo para descansar… Tiempo sin horas, tiempo preñado de risas y respiraciones, tiempo sin ocaso… Tiempo caricia lenta, tiempo parpadeo de Shiva, tiempo sin tiempo…

El vuelo de la golondrina, la mies recién cortada, la excitación de los grillos…
Las montañas, el mar, el río, el árbol, la madre naturaleza…
El aire fresco de las montañas, el aire salino del mar, el agua helada del río…
La sombra del árbol, las voces del bosque, el murmullo del arroyo…
El sol, el cielo estrellado, las Perseidas…
El cencerro de las vacas, el lavadero solitario, las espadañas…
La fuente, la ermita, las casas perdidas…
Los caminos rurales, los muretes de piedra, el sabor de las moras…
Las risas de los que amo, la plenitud. Es verano.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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Árbol que naufragaste

Árbol que naufragaste y te hundiste en el fondo de la laguna.
Nuevas vidas, empapadas de silencio, te pueblan.

INSTANTÁNEAS

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Alas rotas

Aletea, aletea la libélula atrapada entre las zarzas… las zarpas… tratando de liberarse la libélula inocente… y cuanto más aletea, más se desgarran sus alas.

La libélula no se desangra… se le va escapando la vida por los rotos del alma. La libélula quebrada, despojada de su brillo, de su cordura… cae en el sueño exhausta, incapaz de enfrentar la realidad… atrapada eternamente entre las zarzas… le escuecen las alas.

Qué tenebroso, qué triste…

¡Vivir en un mundo tan lúgubre y no desmayar! ¿Qué es lo que os mantiene en pie? ¿Cómo no se desmoronan los cimientos de vuestro ser? ¿Cómo podéis sonreír, zarzas de la noche?… cada dedo una espina, la sangre alterada… hiel.

Qué mundo más oscuro. Se me agolpan las lágrimas en la garganta.

Almas rotas haciendo añicos otras almas. Alas aplastadas arrancando de cuajo otras alas. Almas huecas succionando la ternura y la inocencia… volviendo opaco el mirar…

Ven aquí, libélula herida. Te abrazo y mi amor siembra unas alas, mis lágrimas las hacen crecer, amanece en la piel irisada… Aún puede haber luz, aunque la herida sea irreparable… Un sol inextinguible mora dentro de ti, siempre estuvo ahí, libélula irisada.

HUESOS. Alma

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Ostara

Estos días fuertes vientos nos traen a Ostara, diosa de la fertilidad y de la luz. Los brotes de los árboles se han abierto y en las ramas empiezan a asomar las hojas tiernas y frescas, de un verde que es pura luz y sol de mañana. Los animales también están despertando. Ya podemos escuchar el canto de la primavera.

La tierra ha renacido. Quien se pregunte qué pasa después de la muerte que mire los ciclos del año, que observe cómo despierta la tierra después de ese largo periodo letárgico que es el invierno. Así obtendrá la respuesta.

Y como despertar, como renacimiento, como triunfo de la luz sobre las sombras, ya que a partir de ahora los días serán más largos que las noches, hay que celebrarlo. La naturaleza vuelve a brindarnos sus dones, la madre tierra nos tiende las manos rebosantes de vida nueva. Y hemos de celebrarlo. Honrar a Ostara, honrar la vida, honrar la belleza, honrar la sangre y la salvia corriendo por venas y nervaduras.

E iniciar nuevos proyectos, aquello que nos rondaba por la cabeza al calor de nuestra llama interna, ya que los días empiezan a ser más largos y es tiempo propicio para realizar los sueños.

Es tiempo de salir y recoger en nuestra piel la luz del sol, la caricia del aire todavía fresco. Y crecer, crecer, crecer como crece la hierba, expandirse, abrirse como los pétalos de una flor, abrirse para recibir las bendiciones de la naturaleza. Es tiempo de pintar el lienzo en blanco con nuestros sueños. Es tiempo de romper el cascarón, nacer de nuevo… un año más.

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Grito

Siempre había notas discordantes. Mi canción no era serena, no era armoniosa, siempre había notas discordantes… aún hoy… a veces hieren el centro y entonces saltan las cuerdas de mi cabeza y las notas salen atropelladas, me desbordan.

La tierra yerma me ha sepultado. Afuera la calma, el silencio, la quietud. Adentro el grito insoslayable, que rebota en los muros de mi ser y estalla en mil pedazos, chillidos insoportables de los que no puedo escapar. Un abrazo me trae el silencio.

Pero ¿y si un día el grito no cesa? Locura, soledad, abismo, muerte.
Mi locura, mi losa, mi reto, mi oportunidad… mi losa.

ESTACIONES DEL ALMA. Invierno

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Dentro

Miro a través de la ventana. El viento agita las ramas de los árboles, un pájaro atraviesa el horizonte, rompiendo las escamas del frío que se estrellan contra los cristales de la ventana. Todo danza en silencio. La lluvia derrama golpes arrítmicos sobre los tejados, y aún así… silencio. Yo estoy dentro, al otro lado, donde las llamas agitan sus brazos sin viento alguno.

Miramos a través de la ventana. Nos arropamos, reímos, contamos cuentos, bailamos, amamos, ajenos a la lluvia, al frío, a la soledad, al viento que nos empuja hacia dentro. Uno a otro nos pasamos la llama que brota en nuestras manos, en nuestras risas, en nuestra mirada, en los abrazos espontáneos y larguísimos.

Un sol nos habita dentro, nos anima, nos hace continuar la danza de la vida. El agua corre por los regatos de nuestro cuerpo, vivificándolo. La tierra nos arraiga, une el entramado. El frío aletarga nuestra piel, pero despierta nuestro espíritu… aire. Estamos en la estación del calor hacia dentro.

ESTACIONES DEL ALMA. Invierno

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Yule, el retorno de la luz

Estamos en Yule, la antigua fiesta de tradición nórdica, que celebraba, tras la noche más larga, el retorno, una vez más, del sol a la tierra y el comienzo del nuevo año y de la fertilidad de la tierra. Yule significa “rueda” y hace referencia al carácter cíclico de las estaciones. En Yule la rueda se pone en marcha de nuevo, la vida comienza a despertar.

En nuestro viaje siempre nos acompaña la sombra, a la zaga, y la ignoramos. Pero tarde o temprano hemos de enfrentarnos a ella. Tarde o temprano las sombras nos envuelven. La niebla espesa nos cerca y nos obliga a detenernos, a hundirnos en una noche sin luna. Perdidos en las tinieblas, seguimos avanzando sin pies ni manos, con los miembros mutilados. El frío invierno del alma puede aniquilarnos o puede alumbrarnos a una vida nueva. La luz siempre regresa cuando nos detenemos, nos nace una sonrisa y abrazamos nuestras sombras. Entonces nos hacemos más fuertes, sabios y luminosos. Entonces celebramos el retorno del sol, la vida que pronto vamos a alumbrar, el regreso de la savia corriendo por nuestras venas, es el momento de despertar. En la muerte volvemos a nacer. Solo hace falta tiempo para que el sol nos madure y comience a brotar la vida.

En el solsticio de invierno, el sol ha triunfado sobre las sombras. Es el nacimiento del dios Sol. El proceso ha comenzado. Empieza en las raíces. Pronto llegará la hora de expresarse, de expandirse, de compartir.

Abro las ventanas, aspiro hondo y canto, y uno mi canto al canto de la tierra. Abro las ventanas y soy… ser… ser como las flores y su fragancia, ser como la comunidad del bosque, que se alza, que arraiga, que entrelaza sus raíces hermanas, ser como el río que avanza siempre hacia el mar, ser como la bandada de grullas, volando en formación de uve, con un único batir de alas al viento, ser como la piedra que va fraguando el polvo y la tierra que nos sostiene, ser como el sol entregado a sus hijos, ser como la luna y sus manos tocando el centro de los seres, brindando su aliento, ser como el mar que nos engulle y nos integra… Ser… Ser la luz de Dios.

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El canto de la tierra

El canto de la tierra me llega como un golpe de viento fresco y revitalizante, mientras paseo por esta ciudad gris y sucia, cubierta de asfalto. La tierra le ha robado unos pocos metros cuadrados y por ellos rezuma la vida, cantando y danzando, tan hermosa…

Estamos en otoño, aunque no en todos los árboles ha aflorado el fuego antes de que se derrame en la tierra y se abisme a las raíces. Pero muchos sí, y algunos ya descubren su verdad desnuda. Siempre se hace el silencio en mí cuando contemplo sus huesos.

El cielo va a desplomarse en una lluvia que arrastra las lágrimas enraizadas en la piel. Tras la lluvia, camino más liviana y siento que el pecho se afloja. También se rinde el alma. Se rinde a la vida preñada de fuerza, preñada de risas. Quiero nacer cada mañana y envejecer cada tarde… morir cada noche… y así hacerme y deshacerme, tejer y destejer y seguir caminando.

El aire es frío a estas horas de la mañana. Escucho el canto, el canto de la tierra. Algunas semillas se demoran y no se deprenden de las ramas. La tierra tiene paciencia y solo da un paso cuando tiene que darlo. La tierra no está preparada para dar cobijo a las semillas. Necesita un vientre oscuro y frío donde poder madurarlas, pero el sol, y su calor, se resisten a dejarnos. Las semillas caerán cuando tengan que hacerlo, primero hay que preparar a la tierra. Todo es perfecto… en nuestras vidas… todo a su tiempo.

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Allá donde prospera la vida

Dunas, dunas sin raíces, dunas zarandeadas por el viento, siempre a su merced… Carne de arena, destejida, candidata a la transgresión. Mi corazón, un castillo con grandes murallas, castillo de arena que al primer golpe se derrumba. Sin raíces, sin sustancia, sin trama. Carecía de poder. Siempre al borde del abismo. Siempre dispuesta a recibir un golpe más en el corazón…

Pero un día salí a cielo abierto, emprendí el camino y miré adentro. Subí a la cumbre, donde el aire es nuevo, y sana. Aire fresco entrando a raudales por las ventanas de mi alma. Subí tan alto que encontré las huellas perennes del sol. Allá arriba me convertí en águila y pude verlo todo. Entonces miré adentro, allá donde no llega la luz…

Rastreando encontré mi núcleo invulnerable, tan fuerte como la roca. Siempre estuvo allí, pero lo había sepultado con la tierra de las falsas creencias, que me habían despojado de todo poder.
He recuperado la solidez, me alzo como una montaña antigua. Y es ahí donde prospera la vida, vulnerable y flexible, pero con las raíces tejidas en ese núcleo de piedra.

Estoy viva. He recuperado mi poder. Hundo mis raíces en la roca y expongo mis ramas al aire fresco, ya sin miedo, ya libre de falsas creencias.

HUESOS. Vientre

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