Olores

El olor de mi madre,
de su piel y su humedad
impregnando la ropa
y mis células.

Olores de mi infancia…
El olor de la casa de mis abuelos,
el viaje en ascensor
aspirando el aroma a pasteles y galletas
que se filtraba por todo el edificio.
Subir al cielo.

El olor de la carne cruda,
la carnicería del mercado,
mi niña animal, lobezno extasiado
con la sangre y la verdad.

El olor a Oil of Ulay,
la crema que extendía mi abuela María
sobre su rostro bueno.

El olor a romero y a tomillo
de los paseos por el monte con mi abuela,
ella buscando escoba y moras,
para limpiar nuestras tristezas
y alimentar nuestra alma.

El olor a colonia de lavanda
borrando en todo mi cuerpo
toda huella de dolor y miedo.

El olor a pueblo,
en Cantagallo,
olor a libertad y a chiquilladas.

El olor a madera
en la casa de mis abuelos
y el olor a pegamento
en el taller de zapatos de mi abuelo.
Asombro y respeto.

El olor de la leche recién ordeñada,
leche tibia en un gran tazón,
nata en la superficie,
amanecer en el pueblo.
Unión.

El olor de las castañas asadas
cuando paseaba con mi padre
por la Gran Vía en invierno,
frío en la nariz y en los dedos,
contento.

El olor de la campurrianas,
galletas que nunca probé en mi infancia
y que ahora quiero tomar
porque son de mi infancia.

Olores presentes
olores de un presente que nunca empezó ni termina.

HUESOS

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Fronteras

¿Es posible que desaparezcan las fronteras? ¿Ser Uno con todo? ¿Existir en el presente eterno? Anhelo de Unión.

La piel es la frontera entre dentro y fuera, entre yo y el otro… capas y capas que se multiplican hasta el infinito, espejo quebrado en miles de trozos… división, separación, aislamiento, soledad, angustia.

Secciono el Uno en mil partes, establezco una frontera entre la vida y la muerte, entrando en pánico y huyendo de la última, rompiendo el equilibrio, convirtiéndome en una plaga, parasitando la Tierra; separo cuerpo y mente, desterrando el primero, ejemplo vivo de que todo cambia, de la transitoriedad, de la decadencia, nido de nuestros instintos, de nuestra animalidad, de nuestros fluidos y secreciones; me fragmento hasta el infinito y sepulto partes de mi ser, enloquezco; trazo líneas por todas partes, pueblo el mundo de monstruos y enemigos… me separo, me separo, me separo… me fragmento, me fragmento, estallo en cortantes esquirlas… qué lejos del Ser, qué lejos de la Existencia, qué lejos de Uno…

Perdidos en el océano incierto y brumoso, una lluvia persistente borra los perfiles, navegando a la deriva, alejados de tierra firme, alejados de la vida, sumidos en el sueño de la ignorancia, la conciencia es una nube que flota más alla del insondable cielo de la noche, no, la conciencia se halla en todas partes, pero somos ciegos a ella… y así, ignorantes, inconscientes, perdidos, separados, solos, cometemos atrocidades, laceramos la piel honda del universo, nos herimos a nosotros mismos porque LA REALIDAD ES QUE NO HAY FRONTERAS.

HUESOS

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Miradas

Monstruos. Monstruos negros como el azabache sobre fondo negro como el carbón. Aúllan, me hostigan, caen sobre mí. Cuánta oscuridad, gritos en la noche de mi pecho, miedos que me acosan como jauría de perros…

Luz, seres de luz transitando los caminos, veredas claras que corren sobre los campos de esta eterna primavera. Flores, seres de pétalos y hojas, luz del sol, jardín fecundo, yo soy su jardinero…

Tú, tú, tú.

Yo, yo, yo.

Nosotros.

Cielo gris, luz gris, horizonte gris… mis pasos se vuelven inciertos al caminar a través de esta niebla persistente y densa. Mis párpados se cierran y el mar se agolpa en mi garganta. ¿A qué sabe una lágrima? A sal y a tierra…

Violeta, rosa, azul, amarillo, verde pistacho, marrón, naranja, rojo, añil… el sol brilla sobre todos los colores de la tierra, que se abren como pieles desnudas para recibir su luz y su calor…

Sobre el silencio,
el canto intermitente del pájaro.
Sobre el silencio,
el tic tac del reloj.
Amanece.

Uno. Todo es Uno.

Este peso de cadenas oxidadas, arrastro los pies, no veo más que miradas y una maza golpeando la mesa. Soy juez en un mundo de jueces. Y mido los minutos, las distancias, los gestos. Peso en mis hombros. Me derrumbo. El aire se desploma sobre mí…

Despliego mis alas, vuelo y juego con el aire a seguir sus caminos, a acariciar el viento, a elevarme más allá de las sombras. El sol es mi compañero y el horizonte, azul, infinito, está muy lejos. Hacia allá me dirijo para alcanzar lo inalcanzable. Mi vuelo es ligero…

Riego la planta. Se alza hermosa revelándose entre las luces y las sombras. En su pie, sobre la tierra, un montón de hojas secas, así es la vida hermanada con la muerte que la nutre como el agua. Así es la belleza, un juego de luces y sombras, un cruce de miradas, el aliento y la nada…

Riego la planta. Necesito unas tijeras de podar para eliminar las hojas muertas. Corto, corto, corto. Ahora sí se alza bella, verde, luminosa, fresca, sin fisuras…

Recuerdo, mi infancia soñada, los saltos y las risas y aquella niña que fui… y que perdí… los agravios de mi juventud, ofensas que laceran mi piel y mis adentros y que se yerguen como letras de neón jalonando mi camino. Risa y llanto, vino y rosas que perdí y que añoro, recuerdos que me pueblan por entero…

Sueño tantas cosas y hacia mis sueños avanzo. El horizonte está ahí, frente a mí, no lo pierdo de vista y avanzo, avanzo, siempre al frente, despojada de mis pies y de mis manos, con la mirada al frente, mi cuerpo poblado de horizontes…

Respiro.

HUESOS

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Te ofrezco mis manos

Te ofrezco mis manos.
¿Qué más puedo ofrecer?

Te ofrezco mis manos.
Y ¿qué pueden hacer mis manos
ante la fuerza de la vida,
ante el vasto acontecer,
ante el inexorable encuentro
con la muerte?
La vida avanza
y mis manos tratan de retenerla,
tratan de sofocar un mundo en llamas,
tratan de aplacar la fuerza del huracán,
tratan de detener el alud.

¿Qué pueden hacer mis manos?
Trenzo pieles, te acaricio,
¿sientes el contacto?
Estoy contigo.
Te acompaño.
Te ofrezco mis manos.

HUESOS

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Ritmos

Caminante, no hay camino
se hace camino al andar.

ANTONIO MACHADO

 

El Universo se expande y se contrae.
Es la respiración de Shiva.
Ahora mismo, en este instante,
llena su pecho de aire arbolado,
vergel de sonidos y aves,
sus sueños
hechos carne.

Viento helado, piel nevada,
sol ardiente, agua fugitiva.
Es la respiración de la tierra,
que nace y muere
en cada giro.

Renacimiento.

El sol nos sopla las pestañas.
La luna extiende su aliento
sobre los párpados cerrados,
ventanas enrejadas;
tras ellas unos ojos,
pozos en cuyo fondo
se estremece la luna.
Es la respiración del tiempo,
y su latido,
el tic-tac de un reloj.

Tomo y suelto,
tomo y suelto.
Es mi respiración,
y mi latido un tambor.

Late, late, late,
hoguera que nunca se apaga,
golpeteo de la lluvia en el tejado,
una ola que nace en lo profundo
y muere
de tanto que anhela,
integrarse en la ribera.

Tomo y suelto,
tomo y suelto,
un corazón palpitante
y unos pies que no dejan de avanzar.

Avanzan,
avanzan,
un paso detrás de otro,
nunca dejan de avanzar.
No importa lo que suceda.
Nunca dejan de avanzar.
Ría o cante, grite o desfallezca.
No importa lo que suceda.
Nunca dejan de avanzar.

Hasta que llegue el día
o la noche,
una mañana de verano
o una tarde de primavera
en que Shiva frenará mi paso,
detendrá mi latido,
abrirá las ventanas
para que alce el vuelo
liviana
y me funda con el aire
que en otra vida
respiré.
Arcilla blanda y entregada
en las manos de Shiva
nuevamente.

HUESOS. Pies

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Cuerpos sagrados

Nobles almas que revoloteáis
en el espacio vacío de la conciencia,
sedientas del néctar de la vida,
con el recipiente vacío,
deseosas de llenarlo de nuevo.
Os urge resolver el acertijo,
superar los retos.
Valientes almas,
en busca del latido
sobre el que cabalgaréis
contra el viento.

Precisáis un cuerpo,
cuerpo sagrado
que hace posible esta experiencia.
Materia,
Madre Tierra.

Cuerpos tiernos,
cuerpos voluptuosos,
cuerpos arrugados.
Qué largo viaje
el que os espera.
Ni un solo instante
dejáis de respirar.
Ni un solo instante
dejáis de latir.
Ni un solo instante
dejáis de caminar,
de recorrer la larga senda
que acaba en el mar.

Tu corazón es el servicio.
¡Qué fortaleza!
No cabe más que agradecimiento.
¡Cuerpo sagrado!

HUESOS. Cuerpo

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Cántaro sagrado

Cuerpos arrastrados, pies arrastrando, hombros caídos, piel macilenta, pozos en los ojos… alma liviana dentro de un cuerpo aplastado… el zumo se escapa con cada exhalación…

Agota el tratar de atrapar el pez con las manos.
Agota el querer enjaular a las mariposas para que dancen como nosotras queramos.
Agota el astillarnos en mil pedazos para mantener la hoguera siempre encendida, sin más madera que la de nuestra alma.
Agotan todos los nudos que se agolpan en la garganta, desatendidos, abandonados.
Agotan los pesados mantos y edredones y colchas que nos echamos encima hasta desaparecer por completo.
Agota el tratar de poder con todo.

Sal a la superficie, desembarázate de las toneladas de tierra que te sepultan, tiéndete en la hierba, deja que el sol te acaricie, que el viento erice tu piel. Entonces levántate y construye con tus manos un cántaro donde verter el zumo, un cántaro sin grietas ni escapes, y guárdalo en tu pecho.

HUESOS. Energía

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Alas rotas

Aletea, aletea la libélula atrapada entre las zarzas… las zarpas… tratando de liberarse la libélula inocente… y cuanto más aletea, más se desgarran sus alas.

La libélula no se desangra… se le va escapando la vida por los rotos del alma. La libélula quebrada, despojada de su brillo, de su cordura… cae en el sueño exhausta, incapaz de enfrentar la realidad… atrapada eternamente entre las zarzas… le escuecen las alas.

Qué tenebroso, qué triste…

¡Vivir en un mundo tan lúgubre y no desmayar! ¿Qué es lo que os mantiene en pie? ¿Cómo no se desmoronan los cimientos de vuestro ser? ¿Cómo podéis sonreír, zarzas de la noche?… cada dedo una espina, la sangre alterada… hiel.

Qué mundo más oscuro. Se me agolpan las lágrimas en la garganta.

Almas rotas haciendo añicos otras almas. Alas aplastadas arrancando de cuajo otras alas. Almas huecas succionando la ternura y la inocencia… volviendo opaco el mirar…

Ven aquí, libélula herida. Te abrazo y mi amor siembra unas alas, mis lágrimas las hacen crecer, amanece en la piel irisada… Aún puede haber luz, aunque la herida sea irreparable… Un sol inextinguible mora dentro de ti, siempre estuvo ahí, libélula irisada.

HUESOS. Alma

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Arribar a puerto

En ese espacio entre mis pechos y mis brazos, levantó el vuelo una mirada inolvidable, una mirada de descubrimiento, una mirada descubriéndome, una sonrisa que abría ventanas muy adentro, dejando fluir el aire fresco y la luz, un primer encuentro de amor, de enamoramiento…

… ventanas abiertas, rayos de sol, sábanas recién lavadas atrapando el aire, inflándolo, alzando el vuelo, y tú debajo saltando y haciéndote ovillo, saltando y haciéndote ovillo… y riendo…

… bandada de pájaros batiendo sus alas de cielo…

Y mis pechos rezumando amor, consuelo, refugio, abrazos, caricias, leche dulce, hogar, mamá, profundo amor.

Ya no hay néctar, pero hay espacio donde siempre vuelves, con tus abrazos, apoyando tu cabeza, refugiándote en mi pecho siempre, tantas veces al día. Un puerto seguro donde arribar en tantas y tantas zozobras del alma, tú, tan frágil, tan haciéndote, tan tierna, tan rompiéndote entre mis dedos y tan fuerte a la vez.

¡Vuelve, vuelve siempre que quieras, mi pecho está abierto, mi corazón también!

HUESOS. Pechos

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El árbol de la vida


En mi vientre crece un manzano que todos los otoños del día da manzanas, manzanas que dan sentido a mi vida… unas jugosas, otras demasiado inmaduras, otras agusanadas, otras fuente de un zumo delicioso y tonificante… todas ellas nutritivas, todas conteniendo en sí las semillas de nuevos manzanos que crecerán, esta vez, sin mi mano, semillas que caerán en tierras lejanas donde nacerán nuevos vientres.

Vientres… el refugio de las almas cuando balbucean los primeros latidos. Luces blancas, purísimas, revoloteando en busca de un hogar, con la mirada anhelante clavada en el manantial de energía, fluyendo el latido inevitable, la fuerza convulsa y atronadora de la vida.

El árbol de la vida necesita un vientre oscuro para despertar a la luz. Necesita la tierra de mi cuerpo para arraigar y nutrirse. Necesita la lluvia para aplacar la sed de las raíces. Necesita el calor del sol para madurar sus manzanas.
Necesita la mirada atenta, unas manos que lo atiendan, la escucha del viento entre las ramas, del crujir de unas hojas abatidas, del susurro inmemorial de su sangre.
Necesita tormentas, ventiscas, aguaceros y el caer de la nieve adormeciendo la salvia. Necesita vientre oscuro. Necesita sol radiante. Necesita ante todo amor para crecer y dar fruto. Necesita fuego creador.

Cuece el fuego la vida. El amor es el pulso que impulsa y nos mueve ya por siempre… elevándonos hacia el sol… hasta la caída. Así de poderoso es el fuego que crepita en el vientre. Así de poderoso es el amor que impregna cada célula cargada de vida, cada manzana, cada ser, cada existencia. Así nos crece a todas el árbol de la vida.

HUESOS. Vientre

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