Tu piel

Sobre tu piel tersa,
briznas de sol.
Bajo ella, el abismo.

INSTANTÁNEAS

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Mabon, celebración del Equinoccio de Otoño

Con el Equinoccio de Otoño llega el momento de celebrar la cosecha, este tiempo de prosperidad y abundancia. Es momento de celebrarlo con un gran banquete y de agradecer a la tierra su generosidad. Los frutos que cosechamos son el obsequio que hace la madre tierra antes de partir hacia lo profundo, antes de retirar su energía y concentrarla en las raíces.

En otoño, la tierra esparce los ocres y los rojos, colores que nos anuncian la luz que se apaga. En otoño caen las hojas, la tierra se desprende de lo superfluo. Nosotros hemos de hacer lo mismo: deshacernos de la carga acumulada de trastos inútiles, de apegos malsanos, de emociones debilitantes, de obsesiones agotadoras, de hábitos destructivos. Desnudar nuestras almas.

Para recoger las semillas hay que apartar la cobertura, para llenarse de nuevo hay que vaciarse, para encontrar a Dios hay que despejar la mirada, para alcanzar lo esencial hay que recoger el grano, molerlo y tamizarlo hasta obtener la harina. Esta es nuestra tarea en esta estación.

En otoño celebramos la cosecha, saboreamos el fruto, pero gran parte de lo recibido lo guardamos para el siguiente periodo. Frutos que nos van a sostener durante el invierno, estación en la cual no podemos recibir nada de la tierra. Mabon nos trae el otoño, la estación en que hemos de prepararnos para la llegada del invierno.

El Equinoccio es el día donde luz y oscuridad, fuera y dentro, se hallan en equilibrio. A partir de ahora comienzan a extenderse las sombras. La luz se retira, la energía se retira, la vida se retira, empezamos a acercarnos a la muerte, con quien conviviremos durante el invierno. Es el momento de avanzar hacia ella con decisión y de meditar en el ciclo de la existencia: Infinito, Vida, Muerte, Vuelta a empezar, Infinito, Vida, Muerte, Vuelta a empezar, Kirtan kriya. Es el momento de sentir el correr de la sangre, de zambullirnos en el río de la vida y sentir la corriente que nos lleva, sentirlo en la piel, sentirlo adentro. La corriente que no cesa, que avanza y traza un círculo infinito. Es momento de meditar en esto para infundir coraje a nuestros egos aterrados, para devolverlos a su tamaño natural y funcional. Es momento de prepararse. Es necesario prepararse.

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Raíces profundas

Raíces profundas. Raíces que penetran hasta lo más hondo. Raíces como garras que se aferran  a la tierra. Me asombra la raigambre en la gente de aquellos países que sufren continuamente una catástrofe tras otra: huracanes, terremotos, erupciones, tsunamis. Personas que han de levantar sus casas una y otra vez, que constantemente están en riesgo de perder la vida, y sin embargo permanecen atadas a sus hogares. ¡Qué fuerza la de las raíces! ¡Cómo anclan al suelo donde nacimos! ¡Qué profundas allá en la tierra!

Pero ¿por qué?

Aquí se hallan nuestros muertos enterrados, alimentando la tierra que pisamos, acompañándonos, integrados en el paisaje tan grabado en nuestras retinas. Conocemos estas montañas, estos valles, estos bosques, estos ríos, este mar que muere en las orillas trilladas.

Aquí nos sentimos en casa, conocemos a nuestros vecinos, nos movemos entre nuestras costumbres como si estuviéramos nadando en el vientre de nuestra madre. La tierra es el vientre de nuestra madre. Más allá, lo desconocido. Lo desconocido siempre nos da miedo, o al menos cierto reparo… ¿Qué hay tras ese muro, qué nos espera en lo profundo del bosque? Prefiero tener que levantar mi casa de nuevo un año tras otro que internarme en el bosque…

Aquí construimos nuestros hogares… y nuestras vidas, día a día, brotando, de todo lo largo de nuestro cuerpo, numerosos cordones umbilicales que nos anclan a este paisaje. Vínculos, vínculos, vínculos, sellamos vínculos un paso tras otro en este camino largo que es nuestra vida. Apegos…

Marchar es construir de nuevo, caminar sin un suelo firme, desnudos, desvalidos, sin redes, habiendo cortado todos los cordones. Marchar es dejar atrás. Marchar es abandonar todo lo que nos nutre, lo que nos sostiene, todo lo que nos hace avanzar. Marchar es arrancar las raíces de cuajo, pero no. Las raíces son demasiado profundas, son garras que se aferran a la tierra. Las raíces nos impiden marchar.

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La luciérnaga y la luna

Al principio de los tiempos la luna era gris y oscura, ninguna luz iluminaba su rostro. Eso sí, tenía una voz muy hermosa… a la luna le gustaba entonar canciones maravillosas. Todas las noches miraba embelesada la luz de las estrellas y, suspirando, empezaba a cantar para ellas. Las envidiaba y se sentía muy sola, ya que estaban muy lejos, sus brazos no alcanzaban a cogerlas.

A las luciérnagas les gustaba el canto de la luna, aunque en realidad no sabían de dónde provenía, tan solo sabían que venía del cielo. Una vez decidieron descubrir, de una vez por todas, el origen de aquella música, así que emprendieron camino, volando cada vez más alto, hasta que llegaron donde estaba la luna. ¡Qué contenta se puso!

Después de tan largo viaje, las luciérnagas, llenas de alegría, se pusieron a bailar, y la luna, asombrada, abrió su enorme y oscura boca en una gran O. Una luciérnaga que volaba distraída se coló dentro y entonces pudo ver todas las maravillas que poblaban esta voz. Vio las notas musicales danzando de acá para allá, escuchó el arrullo del viento enredándose entre las hojas de los árboles, oyó el arroyo del bosque con su murmullo saltarín, el caótico aleteo de las mariposas, el golpeteo de la lluvia sobre los lagos altísimos de las altas montañas, el mirlo saludando a la primavera… todo un mundo sonoro había sido atraído por el canto de la luna, cuyas notas, al principio de los tiempos, sonaban como un apacible silencio.
Entonces la luciérnaga comprendió que aquella música maravillosa que escuchaba todas las noches era la suma de todas esas voces enamoradas, y su corazón, emocionado, brilló más que nunca.
Desde entonces podemos contemplar la belleza de la luna, ahora llena de luz.

DOCE LUNAS, DOCE AMANECERES, UNA ENCINA… Luna llena de septiembre

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Declaración de intenciones

No quiero ser la marioneta de un ventrílocuo, por mucho que me hubiera gustado haber escrito El principito, Kew Gardens, La sonrisa etrusca, Viajes que despertaron mis cinco sentidos, El barón rampante, Elegía a Ramón Sijé o Canto a mí mismo. Quiero expresar mi propia voz.

No quiero recorrer el camino de nadie; quiero, habiendo transitado todas las veredas, perderme en las encrucijadas hasta encontrarme en el centro del laberinto que es mi alma.

No quiero repetir esas imágenes y metáforas empleadas hasta la saciedad, piedras preciosas que brillan con luz propia; quiero sin embargo hacer acopio y mostrar las piedrecitas que se meten en mis zapatos y se adhieren a mis pies.

No quiero instalarme en la casa de nadie. Quiero salir a cartografiar los lugares comunes y a explorar territorios ignotos, por remotos o por encubiertos. Quiero ser reflejo del mundo y del alma, no de un papel escrito.

No quiero cubrirme con la pegajosa falsedad, construir un personaje atractivo a la mirada de los demás; quiero descubrir mi verdad… MI VERDAD.

No quiero hacer saltar los resortes de emociones fáciles… quiero conmover los cimientos, acompañar, hermanarme con quien escucha mi voz… mis palabras, olas que acarician la isla, brazos abiertos anhelando dar el gran abrazo: Sí, a mí me ocurre lo mismo, yo también siento lo mismo, estamos hechos de la misma carne, polvo al fin.

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