Huidas y encuentros

El sol brilla en cada palmo de tierra encaneciendo las hojas de los árboles. Un polvo viejo y reseco duerme suspendido en los rincones del aire. Se hace difícil respirar. El calor es una pasta pegajosa que aplasta nuestras cabezas. Todo pesa. Pesan los brazos, pesa la espalda, pesan los párpados, pesan las piernas. Los pies arden…

Añoro las noches frescas y estrelladas. Quiero moverme hacia el norte, siempre al norte, en busca de ligereza. Aligerar la sangre espesa. Despertar.

Las vacas pacen con extrema parsimonia. En las tardes de verano todo se ralentiza. Por eso siempre me sorprenden las mariposas tan risueñas, que revolotean ejecutando sus danzas alegres entre las luces y las sombras.

Las moscas me zumban en la cara. Tengo la boca seca. Tengo la piel húmeda. Entro al bosque en busca de la sombra fresca, del arroyo. Busco cobijo.

El verano es la estación de la huida. Huimos del calor, del peso, del sopor. Pero también es la estación del encuentro. El encuentro con la sombra, con el agua, con la brisa, con las horas tempranas, con la tormenta. Encuentros.

ESTACIONES DEL ALMA. Verano

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