Mensajeros de la luz

La tierra está dormida; la noche, la oscuridad y el silencio se ciernen todavía sobre su rostro. Entonces ocurre, el despertar de los almendros. Conectados fuertemente con Dios, gozan de una gran sensibilidad. Captan el suave e imperceptible estiramiento del sol que deja atrás su largo sueño. Los dedos del astro apenas les han rozado y ya su sangre aletargada comienza a templarse y a correr buscando una salida.

Entonces ocurre, la vida se abre paso, revienta rompiendo las yemas de los brotes tiernos, y los almendros descubren su alma. Delicadeza, suavidad, feminidad y una fragancia que marea nuestros sentidos. Llegó la luz. La promesa de la primavera que ha de venir.

La ciudad gris, oscura, pétrea se viste de rosa y blanco. La ciudad triste y helada, vacía, se llena de risas. Por todas partes encontramos a estos mensajeros de la vida, nos traen la buena nueva de que por fin podemos abrir los ojos y mirar, bailar y cantar, correr y saltar, gritar, extender nuestros brazos y girar con cada latido de la tierra.

El día está a punto de llegar. Solo queda desperezarnos.

ESTACIONES DEL ALMA. Invierno

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Dame tu mano

Me cruzo con un transeúnte. Le miro a los ojos. Me aterra, me corta la respiración, pensar lo que puede haber tras esos ojos. Otra vez el miedo.

Un día solté tu mano, arrastrada por un viento que venía de frente, impetuoso, como una bofetada, un viento que comenzó con mi ceguera, con mi blindaje, y me arrancó de tu mano. Desde entonces no te veo… y tengo miedo…

Me adentro y me encuentro con un frío glaciar de bordes afilados que cortan con violencia. ¿Cuánta violencia pueden alojar nuestros corazones de hielo? ¿Cuánta violencia es capaz de alojar dentro de sí un hombre? Los bordes, afilados como cuchillas, hieren con solo mirarlos. Una vez más da miedo.

Pico el hielo, está muy duro, tengo que usar todas mis fuerzas para quebrarlo. Al fin una grieta. Riadas de lágrimas, miríadas de gritos, como si hubiese abierto la caja de pandora con los cien vientos huracanados, se escapan por la rendija hasta hacerlo estallar. Un tsunami de dolor cae sobre mi cuerpo derribándome. Dentro un niño herido y solo. Dentro solo… herido… Niño desvalido, niño asustado.

… Dame tu mano…

Pero he de mirar más dentro, más dentro aún. Me levanto y me adentro entre los escombros del hielo, sorteando los charcos de lágrimas que han quedado, resquicios insidiosos, avanzando pese a los gritos de los vientos que aún flotan en el aire como ecos de un mundo abandonado, desierto. Me dirijo al centro, más dentro, más dentro, y al fondo del fondo encuentro un corazón tierno y una llama blanca que la lluvia no apaga. Un corazón que late, late, late a pesar del paralizante hielo… a pesar de la riada, a pesar del estruendo… sigue latiendo, sigue latiendo, sigue latiendo.

… Corazones que laten al mismo compás. Los corazones saben. Nunca estuvimos solos. Mi mano se soltó, pero nuestros corazones siguieron latiendo…

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Grito

Siempre había notas discordantes. Mi canción no era serena, no era armoniosa, siempre había notas discordantes… aún hoy… a veces hieren el centro y entonces saltan las cuerdas de mi cabeza y las notas salen atropelladas, me desbordan.

La tierra yerma me ha sepultado. Afuera la calma, el silencio, la quietud. Adentro el grito insoslayable, que rebota en los muros de mi ser y estalla en mil pedazos, chillidos insoportables de los que no puedo escapar. Un abrazo me trae el silencio.

Pero ¿y si un día el grito no cesa? Locura, soledad, abismo, muerte.
Mi locura, mi losa, mi reto, mi oportunidad… mi losa.

ESTACIONES DEL ALMA. Invierno

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Tan lejos como quiera

Una red de estrellas cae sobre mi cabeza,
me atrapa y me hace libre.
Hay una gran distancia, pero se sienten tan próximas.
Me cuentan que puedo llegar tan lejos como quiera,
que tengo que ampliar mi mirada,
rozar el horizonte con mis labios,
retozar con el infinito
y sentirme semilla del grandioso Universo.
¡Soy semilla y el Universo está en mí!

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