El canto de la tierra

El canto de la tierra me llega como un golpe de viento fresco y revitalizante, mientras paseo por esta ciudad gris y sucia, cubierta de asfalto. La tierra le ha robado unos pocos metros cuadrados y por ellos rezuma la vida, cantando y danzando, tan hermosa…

Estamos en otoño, aunque no en todos los árboles ha aflorado el fuego antes de que se derrame en la tierra y se abisme a las raíces. Pero muchos sí, y algunos ya descubren su verdad desnuda. Siempre se hace el silencio en mí cuando contemplo sus huesos.

El cielo va a desplomarse en una lluvia que arrastra las lágrimas enraizadas en la piel. Tras la lluvia, camino más liviana y siento que el pecho se afloja. También se rinde el alma. Se rinde a la vida preñada de fuerza, preñada de risas. Quiero nacer cada mañana y envejecer cada tarde… morir cada noche… y así hacerme y deshacerme, tejer y destejer y seguir caminando.

El aire es frío a estas horas de la mañana. Escucho el canto, el canto de la tierra. Algunas semillas se demoran y no se deprenden de las ramas. La tierra tiene paciencia y solo da un paso cuando tiene que darlo. La tierra no está preparada para dar cobijo a las semillas. Necesita un vientre oscuro y frío donde poder madurarlas, pero el sol, y su calor, se resisten a dejarnos. Las semillas caerán cuando tengan que hacerlo, primero hay que preparar a la tierra. Todo es perfecto… en nuestras vidas… todo a su tiempo.

Para seguir Tinta y Luz…

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